Mostrando entradas con la etiqueta Ensayo breve. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ensayo breve. Mostrar todas las entradas

lunes, 9 de noviembre de 2009

::SOBRE LA PRESENCIA Y LA AUSENCIA::

(La esencia y la ausencia)

(Escrito con espíritu de ensayo relacionado con la obra de Henri Lefebvre "La presencia y la ausencia; contribución a la teoría de las representaciones")


Como en la mayoría de las ocasiones, revelador aparece el analizar un texto en concreto bajo la imposición de una idea prefijada como punto de partida a partir del cual llegar a sintetizar cada una de las palabras, y más importante, su conjunto. Eso mismo haré de nuevo a partir de este instante, exhortando a todo compañero e incluso lector a que realice dicho acto del mismo modo, y solo hablaré de lo que me interesa; únicamente de aquello que aparezca con el objetivo de colaborar con el desarrollo de mis ideas y mis actos. Me interesará todo aquello que consiga visualizar como perteneciente a mi propio entorno.

Insiste la vivencia en proporcionarnos a todos nosotros una serie de determinadas experiencias, las cuales pueden instruirnos directamente en el saber o acaso instarnos a acometer de un modo más indirecto la extracción de dicho (ansiado y pleno) conocimiento. Una reafirmación en si misma sobre uno mismo.

El observar las vivencias desde un supuesto e inicial punto de vista objetivo, supone una recaída en las propias vivencias para así concluir un conjunto de concretos dogmas que por supuesto se metamorfosean en plenamente subjetivos. Surge entonces el momento en el cual pretende aparecer el anhelo de posesión de otras vidas tal vez más difíciles que hubieran aportado otro tipo de experiencia acaso más completa.

Cierto se muestra a mi entender el rechazo de la idea de permanencia en la vivencia propia por el aparentemente simple factor que afirma que la única utilidad que a partir de ese momento podría producirnos sería la posibilidad de re-exposición de lo vivido sobre un nuevo tiempo y momento, que además de cambiar dicha experiencia, le añadiría un renovado interés quedando así transfigurada tal vivencia.

Alimentarnos de todo nuestro aprendizaje no es más que la evolución lógica de todo ser humano, convirtiéndose en aspecto importante cómo tratamos dicho crecimiento cognitivo. Se habla en un determinado momento sobre dos clases de periféricos (de dicho modo denominados) definiendo y ensalzando el uno en detrimento del otro, siendo únicamente una visión determinada, nunca general y mucho menos dogmática, puesto que difícil parece evitar morar en las fronteras, al menos durante algún tiempo, no siendo el no conseguirlo en absoluto fallo, error o fracaso alguno. ¿Debe evitarse la búsqueda de la vanagloria, sea esta como sea? ¿Acaso es tan marcada la figura del héroe, siempre luchador, revelador y rebelde en pro de una justa causa que como premio le otorgaremos sin más el conocimiento crítico como si de un bendito trofeo se tratase? ¿Qué sucede con el villano? tal vez su nombre pese demasiado. Pero a mi parecer es cierto que la vida en ese límite produce la sensación de explorador e incluso profeta, al parecer dejando a un lado (¿consciente o inconscientemente?) las denominadas tierras prometidas. Sólo abre el camino hacia dichos emplazamientos para quien desease llegar a ellos pero nunca antes hubiese podido hacerlo.

Claro es que lo que aterroriza a esta clase pueda ser el devenir temporal precisamente de sus propias vivencias, obligándole en cierto modo a continuar, a permitir que otros sean los que se detengan. Sólo hay dos caminos: el comentado entre las palabras sobre las cuales tratamos de pensar, o el de precisamente ahondar a favor del tiempo en un claro y único tipo de saber.

Sin embargo, se nos adjudica entonces un papel de hombre desplazado, asunto transparente de todos modos en cuanto al proceso de creación, cuyo máximo rival es su ego apoyado por el devenir. El tiempo y su ser real son los que a cada instante entorpecen su creación al mismo tiempo que aportan caracteres de personalidad y actuación. la figura que da y quita nos produce el deseo de crear como defensa en tal batalla. No en absoluto nosotros mismos sino nuestras representaciones serán lo importante, al menos lo clarificador a otros ojos. La gran obra comentada.

“Inmortaliza o eterniza a su manera ficticia-real un instante, una belleza mortal y fugitiva, un acto, un héroe, alguien o algo. Toda obra se parece a un monumento y los monumentos son grandes obras” (...) ”frágil, vulnerable, impugnable pero poderosa, la obra se enfrenta tanto a la duración como al público” (...) ”la obra parece producir su tiempo, su espacio, su afirmación y su fuerza”.

¿No es excesiva y presuntuosa aseveración el afirmar que el saber nunca predomina? incluso Wagner aparece más interesante que fausto en ciertas ocasiones.

Por otra parte me gustaría saber quien no desearía escuchar las anteriores afirmaciones aplicadas sobre su creación. y sin embargo, ¿Qué cariz tomaría todo pensamiento si en lugar de imaginar en nuestras mentes la palabra presencia, la substituimos por esencia?, (a mi parecer más acertado concepto para el caso). Estaríamos hablando pues de esencia y ausencia, siempre y cuando pudiésemos justificar tal cambio. La esencia comprendida como base fundamental de la persona, instante indivisible del alma. el problema radica entonces en conocer la manera de actuar con motivo de comprender y recoger la esencia de lo retratado. Todos los pasos que deberían acometerse (no pudiendo de ningún modo ser explicados) para captar la personalidad esencial y ausente a partir de un momento dado. Ciertamente se comprenden mejor los conceptos atendidos en el texto si pensamos es la presencia como esencia.

Si a estas alturas le parece al lector que divago, dejaré que piense que es posible que no avance por equivocado camino. Todos los conceptos, ideas y afirmaciones presentes en el texto (entre ellas la inclusión del concepto de mónada, tal vez algo irreflexiva su utilización en alusión a la obra de arte, apareciendo ésta extrañamente divisible en desacuerdo con la idea de Leibniz) las intuyo en base a personales conclusiones, o al menos pensamientos.

Llegados a este punto sólo resta añadir breves apuntes: la inspiración carece de todo aspecto romántico que pudiera serle concedido en este punto. No es más que la evolución temporal que surge (en apariencia de ningún lugar) de un análisis interno sobre las teorías planteadas o concebidas. En cuanto a la relación entre lo infinito-finito afirmar simplemente (a pesar de su apariencia de obviedad) que del “todo” se llega a un lugar, en todo campo, modo, forma, manera o estilo de pensamiento.

::ACERCA DEL ESPACIO POÉTICO::

(Escrito con espíritu de ensayo relacionado con la obra de Gaston Bachelard “La poética del espacio”)

¿Es posible, acerca del libro de Bachelard que estamos tratando, deslindar al menos algunas ideas en la comprensión de la arquitectura desde el carácter de la poesía? Por supuesto, la respuesta a esta pregunta debe ser afirmativa.

“Lo primero es concebir la “cosa poética”; alrededor de ella se levantarán los muros. “
Ignacio Díaz Morales

Más, hablando siempre en términos de Bachelard, ¿Qué es la ensoñación? ¿Podemos describir poéticamente algún espacio arquitectónico habitado cotidianamente en la propia infancia? La respuesta vuelve a ser afirmativa en esta ocasión (¿Haciendo uso siempre de la “prosa poética” o el poema, en todo caso?)

Todos nosotros poseemos unos determinados gustos, corpóreos mediante estilos y/o preferencias en cuestión; y poseemos además puentes sutiles que indudable e irremediablemente (para bien o para mal) nos unen a aquellos espacios que en algún momento hemos habitado o nos encontramos habitando. Según Bachelard el hogar satisface (al menos debería hacerlo, en efecto) muchas necesidades convertido en aquel lugar en el que nos sentimos cobijados y donde podemos no defendernos, como refugio del mundo externo.

Podríamos ahora cuestionar infinitos detalles, tal vez relacionados con gustos o preferencias, acerca de los modos de vida o la creación de los espacios personales de todos los individuos-tipo (qué les obliga a elegir esto en lugar de aquello, y por qué vivir allá y no acá), pero nos vale conocer que en esta época de auge de la construcción y decoración surgen, en efecto, infinidad de preguntas que relacionan el espacio con el mundo interno de sus habitantes.

Extraño resulta comprobar entonces que, de momento, la psicología (resultante del estudio del desarrollo emocional) no admite el ambiente físico como elemento constitutivo de real importancia en la vida humana (más aquellos cuyo interés denodado se centra en la relación gente-ambiente, -como antropólogos, geógrafos, arquitectos y aquellos pertenecientes al área de la psicología ambiental- no se han ocupado con profundidad del apego emocional a los espacios que resultan conocidos).

¿Cuál es el espacio que denominamos hogar? Y más importante aparece la pregunta ¿Qué es dicho espacio?

Comenzamos creando un espacio en concreto, el cual será por nosotros contemplado a la vez que experimentado, residiendo realmente la duda en si posteriormente dicho espacio nos transforma a nosotros (Trabaja sobre nosotros). ¿Nos vemos reflejados en él? Vemos lo que hasta ese momento no habíamos visto e intentamos integrar dicho reflejo en nuestra identidad.

...”Habitación y casa son diagramas de psicología que guían a los escritores y a los poetas en el análisis de la intimidad”...

La construcción del espacio es un estado espiritual (Carl G. Jung construyó su propia casa, y dijo acerca de esa experiencia: “Tenía que hacer una confesión de fe en la piedra”), y su ordenamiento de carácter simbólico para un sujeto posee un carácter biográfico (Apreciamos cómo desde una perspectiva en concreto, Bachelard describe esta percepción del espacio como una percepción fenomenológica). ¿Podría la historia de un individuo ser narrada a partir de los espacios que ha transitado a lo largo de su vida?

La antropología de la imaginación, según Bachelard, plantearía dos líneas en cuestión: el ser ligado a la realidad y desde allí la lectura y percepción de la misma, y la dosis de creación, experimentación y manipulación dados por el lenguaje elegido, lo cual no expresa otra cosa que poner en juego la imaginación. “Las obras de arte nacen siempre de quién ha afrontado el peligro; de quién ha ido hasta el extremo de una experiencia”

Poesía. La poética de la ciudad parece trascender al mero acto poético, sin pasado como Bachelard define, ante la nueva imagen y a la repercusión que una específica imagen poética pueda ejercer sobre una o varias almas. Dicha ciudad permite además la posibilidad de percepción de la continuidad de dicha repercusión. ¿Arquetipos dormidos en el fondo del inconsciente? ¿Resonancias sentimentales de poder evocador que van tejiendo la urdimbre de cada memoria individual además de la colectiva?

“La arcilla se utiliza para modelar cántaros,
pero el uso que a estos pueda dársele,
dependerá de su espacio interior.
Sin puerta y sin ventana no se hablará de cuarto, habitación.
Aquí también es el espacio el que hace posible habitar.”
Tao Te King

Tal vez si recordamos lo que significa espacio podamos observar mejor las implicaciones del tema del espacio en relación con el hombre. (En este caso aprecio como válida dicha definición según Walter Brugger)

Siendo así el espacio se relaciona con la extensión de los reales, más no coincidiendo. Para nuestra representación sigue existiendo aunque no contenga ningún cuerpo real (recordemos cómo en la filosofía antigua el problema del espacio fue discutido en términos de oposición entre “lleno (lo lleno)” y “vacío (lo vacío)”, paralelamente a la oposición entre materia y espacio. Aristóteles concibe el espacio como “lugar” equivalente al “campo” en el cual las cosas se hacen particulares).

Entonces el espacio carente de materia se denominaría espacio vacío o vacuum. El espacio sin más o absoluto, es concebido como el continente sin límites, inmóvil y siempre existente. En este sentido, el espacio es visto entonces como el lugar en el que se vive, en el cual el ser humano “habita”. Todas las situaciones humanas tienen que ver con el espacio. El espacio como eviterno o sin final. Evo.

(*1 - Bergson, Gabriel Marcel, Heidegger, Pierre Kaufmann, Victor D´Ors, Barbotin...Todos ellos acotando el espacio de distinto modo y con distinto sentido pero semejantes en sus pilares.)

Y sin embargo, de forma muy simple, podemos reducir el espacio a “lo envolvente”, en lo que todo tiene su sitio, su lugar y su puesto. También como no oprimente y no fundamentalmente cerrado (Otto Bolnow defiende la idea del espacio como no infinito por naturaleza, pero en el caso del espacio libre, se trata de una infinitud abstracta, no la posibilidad de un avance sin impedimentos) El espacio también existe entre los objetos, no siendo sólo espacio cuando está vacío, es decir, no llegando a la superficie de las cosas más penetrando en ellas.

Bachelard expresa la relación espacio y contemplación afirmando que la inmensidad del ser se agranda a través de la contemplación, y que la actitud contemplativa es capaz de dar inmensidad a lo íntimo; acuña acertadamente la paradójica expresión “inmensa intimidad”.

(*1- En la filosofía de Bergson se aprecia de qué modo se concibe el espacio como resultado de una detención, como la inversión de un movimiento originario, afirmando G. Marcel que existen en el propio Bergson indicios que permitirían hablar de un “espacio vivido”. Para Heidegger el hecho de habitar es la llave que expresa la relación del ser humano con el mundo, y más aún, con la vida (ser humano significa habitar); el cuerpo es el espacio-patria del alma y matriz de todo espacio)

Existe de algún modo cierta sacralidad del espacio; la casa-templo, siendo todo espacio factible de distinción o ruptura, creándose un límite entre espacio sagrado y espacio profano. Según Barbotin el lugar para la manifestación se distingue de todo el resto del espacio. Este lugar es exaltado constituyendo el centro. (¿Por efecto de la poesía?)

jueves, 5 de noviembre de 2009

::PENSAMIENTOS SOBRE EL DÍA LOGRADO::

-El cúlmen del día-
(Escrito con espíritu de ensayo relacionado con la obra de Peter Handke “Ensayo sobre el día logrado”)

El desarrollo lógico de pensamientos sobre el denominado día logrado no deja de ser un aspecto definido inicialmente por su carácter de potencialidad, de desarrollo temporal del futuro, guiado por sensaciones personales y distinto por tanto en distintos tipos de personas. Más bien parece que la consecución de tal día aparece fuertemente influida en base a la complejidad personal inherente a cada individuo.

La conformidad puede en este caso poseer múltiples rostros y expresar distintos aspectos ante las mismas exposiciones que cada uno de nosotros (todos distintos, repito) recibimos. Entra entonces en escena la tensión existente a la hora de intentar definir o describir el día logrado; al momento y la forma de contar todas las posibilidades para poder reconocer y no dejar escapar tal posible asimilación. Más para poder definir el día del que hablamos tenemos que cuestionarnos cada uno (y esto no puede ser de otro modo) cuales son en realidad nuestras aspiraciones de conseguirlo.

Razonable parece entonces pensar que, tras su hipotética consecución, procedamos a su conversión en proyecto de futuro, que a mayores será personal y acogido con sumo interés y cariño. Y normal puede ser también el asimilar la no existencia de tal día (más bien su substitución por aquellos comentados momentos logrados) debido al trabajo que desempeña el recuerdo en nuestras mentes. Compensa considerarlo un enorme logro y obscurecer el resto de momentos del día a favor del logrado. De ahí el carácter despótico. De este modo dicho instante queda y se mantiene aislado, y no debe desmerecerse el factor de compensar el momento, incluso aislándolo en detrimento del resto del día.

Desde el mismo punto de vista advertimos también que sumamente importante es el grado de preparación que cada uno despliegue para tal efecto, para absorber todo aspecto que pudiera ser retenido. La rutina o costumbre por fuerza negará tal posibilidad pues influye en nosotros del modo en que niega poco a poco nuestras capacidades sensitivas. Nos va conformando como simple rutina adjudicando momentos a acciones determinadas sin posibilidad de otra cosa.

¿Y si solo dedicamos el tiempo a la expectación, a la prospección en busca de aquellos aspectos que nos serían de utilidad?

Tampoco este sería proceso adecuado para conseguir atrapar el ansioso día logrado. Lo único en lo que se apoya es en la esperanza existente de conseguirlo siendo el mañana un tiempo y lugar impredecibles. Y si pensamos o aceptamos que hasta el día más imperfecto puede llegar a convertirse en el día logrado, ¿No estamos entonces acaso afirmando que un único y determinado momento de dicho día es el que ha bautizado tal consecución? A mi parecer, y sin ánimo plausible de extenderme en demasía, afirmaría que el día logrado es aquel que logra incentivarnos para afrontar el mañana con proyectos de pensamiento y trabajo. En ocasiones un aparentemente simple y cuasi inadvertido (para extraños ojos) detalle, se encarga por si mismo de hacer dicho día merecedor del recuerdo y del inicio de nuevos planteamientos. La satisfacción, en el momento de la puesta de sol, de que todo lo que era posible y necesario realizar, ha sido realizado. A fin de cuentas existir, con todas las acepciones imaginables que se puedan extraer de dicha palabra.

::ASÍ PIENSO ASÍ VIVO::

1-INTRODUCCIÓN: EL MARCO INCOMPARABLE DE LA LECTURA.

Desde que surge la escritura como definitivo y gran continente del perecedero pensamiento, nuestras pautas culturales evolutivas mantienen una progresión en constante e imparable aumento con respecto a su fuerza expresiva. Los conceptos reinventan conceptos, las palabras se multiplican y multiplican sus significados al mismo tiempo que se tergiversa el pasado. Grandes escritos son constantemente revisados e incluso se comprueban sin quererlo reescritos dando lugar a otras grandes obras; es la sociedad del comentario, la sociedad del concepto, la sociedad de la cita. Es la gran obra de la humanidad: El perfecto ejemplo de divinización de la palabra en sí misma, no como descripción del mundo sino como pura idea. Ya no queremos explicar donde vivimos sino qué significa lo que nosotros mismos hemos creado. Es entonces realmente difícil llegar a conocer el origen cuando no hacemos más que estudiar las copias de las copias de las copias que alguien tuvo a bien en enseñar. El verbo muta dios y el hombre mata al verbo de continuo.

Si vivo como pienso y la lectura me aporta sentimientos (Sensaciones - Conocimientos - Emociones - Asociaciones - Dispersiones - Conversiones - Reconversiones - Seducciones y Repulsiones -en fin, un largo etcétera-), vivo por y con la lectura; vivo en esos documentos. Así vivo como pienso:

2-DESARROLLO: LA FORMIDABLE MORADA DE LA LETRA.

Si se desea ferviente (febril – vehemente – ardiente – apasionada – ardorosa – fanática) y efusivamente la consecución del conocimiento máximo (con todas sus consecuencias), debe conocerse el pasado del que descendemos; sin ese entendimiento nunca será posible encontrarnos a nosotros mismos ni tan siquiera pensar con mínima libertad.

Planteo entonces el aislamiento carnal de carácter ermitaño (¿Por qué no?), hacia la espiritualidad; hacia el alimento del espíritu siguiendo un camino por veces esquivo y falso, y siempre incompleto; anhelo vivir rodeado de libros, lejos de distracciones corruptas que perviertan la búsqueda del conocimiento cultural. Anhelo vivir conmigo mismo y con nueve como yo, réplicas genéticamente exactas y perfectas que a partir de nuestro encierro adquiriremos por seguro caminos dispares en pro del mismo fin.

Los habitantes de esta morada (yo mismo multiplicado, quiero insistir) y su desarrollo sin duda constituirían un interesante experimento sociopsicológico que por seguro abriría nuevas vías en un territorio todavía virgen. La idea de Narcisos ávidos de conocimiento plantearía (a estudiosos e interesados) una elección de prioridades. Es posible, pero sólo posible, que tal situación terminase en desencadenar la locura de sus habitantes (de mi mismo) y el fin no fuese nunca alcanzado, o tal vez la conclusión tornase en consumación del acto de descubrir que la locura no es sino el original germen de la sabiduría.

3-CONSTRUCCIÓN / UBICACIÓN: LA ABSURDA TEATRALIDAD DE LO ESTÉTICO.

Si bien la ubicación de tal ou-topos no sería en absoluto significativo (pues lo que verdaderamente habría de trascender sería la nula posibilidad siquiera de contacto alguno con el exterior), la construcción de esta casa no se distanciaría demasiado de una morada convencional (¿Por qué de otro modo? No somos más que elementos más o menos inconexos de un tiempo y espacio determinados): Su función sería únicamente la de continente de continentes de cultura destinados a su estudio. Paredes repletas de estanterías repletas de libros repletos de conocimiento; un barroquismo placentero y plenamente consciente (no formal, mas intelectual), que a su vez visualmente tienta al lector ávido de poseer una a una cada musa literaria.

4-CONCLUSIÓN: EL PARCO UMBRAL DEL HÉROE.

Podríamos perder claridad de pensamiento y regenerar primarios instintos, y terminar por ver esto simplemente como una fisgona situación de laboratorio, en la que unos determinados especimenes exactamente idénticos, y bajo unas condiciones determinadas y constantes, (sólo interaccionando con ellos mismos -él mismo / yo mismo- y con los autores de los libros como receptores y conversadores indirectos -miembros del frugal banquete-), evolucionan hacia personalidades presumiblemente diferentes; Si es cierto que todos y cada uno de nosotros no somos más que la suma de aquello que leemos y observamos (sufrimos y vivimos, pensamos y sentimos), en este caso la práctica del conocimiento asimilado se niega por completo, dejando a resolver las situaciones de conversación por medio del análisis comparativo de diferentes pasados subjetivos.

Hay que tener en cuenta que la asimilación de conocimiento bajo estas condiciones carece de una funcionalidad práctica a posteriori, lo que, en situación extrema puede dar lugar a niveles de plena frustración (¿Inconsciente?). ¿Le encuentra sentido el músico a sus notas si nadie más que el puede escucharlas? ¿Es necesario aplicar o compartir el conocimiento para sentirlo como tal? ¿Se ha convertido ya la palabra “conocimiento” en un simple concepto? Realmente podríamos presuponer que ante la adversidad de lo desconocido, sólo el hombre, nuestra especie, construye un edificio conceptual bajo sus leyes, donde se encuentra más cómodo, anhelando tras poderosas pulsiones controlar lo que no comprende (sin querer admitir que prefiere una explicación cualquiera a la falta de explicación). ¿Y no es cierto que lo que nos mueve en este idilio no es más que la pregunta en sí misma? En realidad no queremos llegar a una respuesta, pues se acabaría la búsqueda; sería nuestra perdición. Si se consigue lo que se quiere, se acaba pereciendo.

martes, 3 de noviembre de 2009

::COMENTARIO SOBRE EL ESPACIO DE PARTENHEIMER::

Escrito con espíritu de ensayo relacionado con la obra de Jürgen Partenheimer “Al genio del lugar: el espacio de trabajo”



Juega Partenheimer en el desarrollo literario de sus ideas, con una “evidencia sutil” (podríamos denominar, a pesar de la patente diferencia de conceptos prácticamente inaplicables de este modo en cualquier otro contexto) que destaca por las (al menos) dos visiones que intenta y logra relacionar con el mundo del arte.

La primera de ellas y que inicialmente nos hace reflexionar, trata la obvia influencia del lugar (mal llamado lugar en no pocas ocasiones) que encierra y/o acoge al trabajo, determinando la interesante pero gastada idea de la intervención pasiva del entorno (creado éste consciente o inconscientemente) sobre el artista (metaforizando el desarrollo por medio y gracias a la experiencia la cual termina definiendo la personalidad vigente de todo individuo, concepto segundo que desarrolla el texto y que más adelante trataremos en su totalidad)

Así pues, está claro en principio que una de las conclusiones a las que llegamos, leyendo de forma no poco superficial el texto, es la de analizar la respuesta de todo individuo ante un entorno en particular, esto es: cómo se adaptaría a dicho entorno, o lo que es más posible, cómo adaptaría el entorno a su personalidad (entrando en escena de este modo el concepto de egocentrismo, inherente a todo ser humano como creador y sometedor)

Y dentro de esa adaptación y re-creación del entorno (configuración, según Partenheimer) en base al lugar (objeto), podría llegar a destacar el trasladar sus ideas al espacio habitual de aprendizaje, tomando al aprendiz como parte de un todo casi siempre disgregado, haciendo surgir un nuevo elemento dentro de la configuración que cada uno forma en su espacio, y es el concepto impuesto de comunidad frente a individuo.

Si bien es cierto que la influencia que comenta el texto es clara, la apreciación que realizo no es más que una de las múltiples puertas abiertas que posee la idea principal que desarrolla Partenheimer.

Sin embargo, la segunda visión semi-encubierta nos traduce una sincera opinión sobre el como hacer del artista, elaborando ideas como el desarrollo de una temática y metodología personal y acertada en base siempre a una también acertada reflexión, tomando el desarrollo artístico y el arte en si mismo como un primigenio pensamiento a partir del cual, y mediante la ayuda y complementación obligada de la práctica, se llegaría al resultado esperado e ideal. No se concibe la una sin la otra, sin su mutuo apoyo; la práctica sin su precedente estadío de reflexión. El interés que presupone y la importancia que Partenheimer concede a la experiencia, que al fin y al cabo es la principal influencia en aquella actitud que terminamos desarrollando; el lugar que modelamos, nuestro interior, y del cual debemos aprender a ver y conocer antes de acudir a su representación externa por medio de un determinado camino. El arte como camino, como fluido sobre el cual depositar aquello que nos ha formado y que por tanto nos define y determina.

lunes, 2 de noviembre de 2009

::DESDE EL ESPACIO DE TRABAJO HASTA MI ESPACIO DE TRABAJO::

-SOBRE EL SPATIVM-




Escrito con espíritu de ensayo relacionado con la obra de Jürgen Partenheimer “Al genio del lugar: el espacio de trabajo”


En efecto “un lugar en el que se producen operaciones constructivas que nos permiten el desarrollo de nuestras interrogantes como sujetos no puede permanecer como un espacio extraño”, pues siempre nos encargamos de familiarizarlo actuando sobre dicho espacio hasta hacerlo nuestro, convirtiéndolo así en una clara proyección de nuestra personalidad; todo cambio, introducción o eliminación de elementos (incuso así como su disposición con mayor o menor entropía) cualesquiera que estos sean, actúa como un espejo espiritual. No podemos considerar por tanto acertada la presentación de la idea que alude al concepto de que sea el espacio el que sobre nosotros trabaja, estando constantemente relegado a nosotros mismos. Sólo una vez que dicho espacio adquiera un estatus (aunque temporal, la mayor de las veces) definitivo (admitiendo y presentando que tal estatus o carácter definitivo del espacio sería la aceptación del uso del método de viviendas cambiantes), vemos cómo dicho espacio nos reafirma en nosotros mismos (“aquellos que soy”, “aquellos que cada uno de nosotros somos”).

Sólo si eso acabase por fijar la significación de la influencia del espacio, así entonces podríamos afirmar que el espacio trabaja sobre nosotros.

Se impone como primer caso (todavía / aún inconsciente) la elaboración de un espacio recibido como nuevo hacia la familiaridad por nuestra consciencia concebida para así materializarlo siempre el la medida de “lo posible”.

“El espacio nos marca y nos propone una trayectoria en la que se produce una continua toma de decisiones hasta terminar en la construcción de obras”.

Según de aquel modo en base al cual sea por nosotros entendido el espacio, este poseerá una distinta importancia e influencia en nuestro entendimiento. Si el espacio de trabajo es aquel habitual en el transcurrir de nuestros días, habiendo sido nosotros los que lo hemos creado (alejamos en estos momentos cualquier otra consideración de espacio como entorno cultural y social, ciñéndonos a un habitual lugar de trabajo), estaremos entonces nosotros actuando sobre nosotros mismos.

Cierto es que aparenta un gran teatro (en el cual la tragedia y la comedia se interrelacionan y dónde somos al mismo tiempo actor y espectador de la acción de “el otro”) donde la improvisación juega el papel que le concedamos ante los sucesos que van surgiendo. Precisamente dicha improvisación es el “articular sistemas que desvelen y posibiliten nuevas relaciones entre las cosas (…), tarea fundamental del artista” (improvisación que se basa en el nivel y aplicación de los conocimientos poseídos y que por lo tanto algunos deseamos tratar de distinto modo -menos azaroso- denominándola -ya transmutada- una “evolución de carácter lógico”).

Toda esa amalgama de, pongamos por caso, tazas y platos (cruenta cotidianeidad que por seguro inunda nuestra visión y por tanto nuestra consciencia) que la mayor parte de las veces colocamos nosotros en los lugares que finalmente ocupan, ¿Acaso no son más que un grito de afirmación de la vida, de nuestra existencia, de “deseo de comprobar” a toda hora que seguimos en este lugar, imponiendo de continuo determinadas normas en el que a partir de un determinado momento pasa a ser (o se lucha por ello) nuestro personal territorio (nación) imposible en el fondo de compartir? ¿Aparece realmente como claro / evidente el acto de intimar con una serie de determinados objetos cuando por seguro debemos considerar que han sido íntimos desde el preciso momento de su elección y proyección por tanto de nuestro yo / ser? Siempre estamos pendientes de dichos objetos (cosas), por lo que el análisis que podamos hacer de su forma y disposición, será únicamente (que no simplemente) una revisión sobre nuestra existencia, lo cual nos llevará directamente frente a conductas a las que en realidad aprecio que podríamos llegar de otro modo, sin necesidad de observar dicho espacio.

Sin embargo: el diálogo que se crea con el espacio en el cual trabajamos es entonces un diálogo con nosotros mismos (lamento repetir) en el que somos entrevistador y entrevistado, y de cuya discusión (defendiendo cual platón la búsqueda y posibilidad de encuentro con la verdad por medio de la interactuación con los demás, con el simposion como banquete lento cuyo primer objetivo sería la excusa hacia el diálogo. De este modo los dos, tres o más que en realidad somos, dialogan para ver cumplido su objetivo) se extrae la obra escondida en cualquier recoveco. Un “saber observar” que se hace patente en aquel visionario que logra sacar al exterior lo presente pero oculto, y no en aquel otro que se pierde constantemente en un (a pesar de todo tenaz) constante devenir y sin final.

Más ninguno de ellos es “mejor” (aunque este término no sea realmente el más adecuado) que el otro.

Bien. Centremos el motivo del presente documento; adecuémonos de una vez por todas (o intentémoslo, de cualquier modo) al objetivo real a presentar: el taller; mi taller; mi spativm.

“…desvelar orden que nos permanece oculto, de crear un sistema de interrelaciones entre aquello que podemos denominar la realidad del taller, y que no es sino un cúmulo de ideas, sensaciones y pensamientos, base para las obras que en él construimos”.

Nada parece estar en su sitio por lo que cambio, añado y sustraigo elementos de forma constante. Esto aparece en claro contacto con el concepto de continuo cambio, en efecto fruto de la propia acción de habitar, mas llevado a límites de disponibilidad sinceramente exacerbados. Retratos de Poe, Nietzsche, Husley, familiares, desconocidos… se encuentran de repente viajando de norte a sur del habitáculo en el que temporalmente residen. En esta serie de trayectos una prostituta cambia constantemente de compañía y mi propio hermano dialoga (con mejor o peor fortuna) con Hopper o con Hesse. En este espacio los límites son siempre terreno de permanentes tensiones (la mayor parte de las veces de carácter cínico, refiriéndome ahora tanto a los límites de los espacios ocupados por nosotros, como a los límites de los espacios que mis cuadros soportan entre ellos). Lo estático remataría en un taedivm vitae (un tedio de la vida) y aquella prostituta acabaría gritando <> (dios mío, dios mío, ¿por qué me has abandonado?)

Asimilo entonces la idea de precisar, modificar, corregir y alterar, pero siempre como llave y acto anterior destinado a componer para de nuevo ser capaz de crear. Entonces los cambios no suceden aleatoriamente, mas (¡como no!) formando parte de un método de pensamientos y sentimientos, aspectos que sólo yo conozco. Únicamente yo se (¿Con certeza?) lo que en cada momento pienso y siento. De este modo todo el escenario que (acumulo) compongo adquiere carácter de máscara, pues muestro solamente una traducción o interpretación sensorial de mis pensamientos y sentimientos que no se ven ni se tocan. Se traduce entonces este aspecto en un acto de fe, no pudiendo nadie (excepto yo) en ningún momento conocer si los “besos, caricias, abrazos y frases eróticas” que intercambio en el taller con mis obras son genuinas, exageradas o totalmente falsas. Así pues, no son más nuestros espacios que islas aisladas e incomunicadas en lo más nuestro e íntimo.

“de la piel para dentro empieza mi exclusiva jurisdicción. Elijo yo aquello que puede o no cruzar esa frontera. Soy un estado soberano, y las lindes de mi piel me resultan mucho más sagradas que los confines políticos de cualquier país”
anónimo contemporáneo.

No se convierte pues mi espacio de trabajo en una democracia (considerando que ningún espacio personal, en este caso taller de trabajo, lo sea o deba serlo) sino más bien en una oligarquía: mandan unos pocos (¡a quien yo se lo permita, en todo caso!).

Esa oligarquía, por otra parte, que mantengo, recibe las implicaciones de un deseo o persecución de convertirse en un ideal espacio de trabajo (en el fondo todos proyectamos esa sensación), un espacio utópico de todos modos (ou-topos / u-topía / no-lugar), y en base a esta aspiración (aunque no queramos reconocernos en la búsqueda de tal quimera -y afirmo quimera pues en nuestra imaginación la utopía sí es posible-) conformamos lo que provocamos día tras día como sucedido en nuestro espacio.

Aquel método antes comentado e iniciado como concepto en el presente texto, aparece (según mi aplicación del mismo) como una progresión poseedora de un ritmo tan complicado (e implicado) que por apariencia podríamos a priori afirmar que no posee un sentido. Desde otro camino: aceptando como verdad que el método (la configuración del mismo) aparece introducido con el objeto de “aceptar la realidad de lo incierto”, tal vez yo más que otros reafirme el método como una más que aceptable vía hacia el orden mediando el uso de la razón, ratificando así la posición de la filosofía como nombre propio de dicho método.

Si ahora realizase un recorrido profundo por la memoria (voluntaria) que atañe a este período de trabajo en el adjudicado espacio, llegaría a la curiosa revelación de que aquel lugar de reposo de la mirada ha acabado siempre fijado en un indefinido punto reincidentemente inmerso entre los límites de la galería (siempre cambiante, me permito repetir) de rostros y sus diferentes actitudes. Es acaso el reposo del guerrero, el Valhalla, los Campos Elíseos a los cuales me es permitido (o tal vez no por permiso sino por capacidad) ir, re-conocer y regresar cuantas veces lo desee.

En el proyecto que he concluido en manejar (anhelo extensivo hacia tiempos futuros) los elementos espacio y tiempo poseen características que podrían comprobarse desvinculadas desde el momento en el cual la evolución del espacio de trabajo se ha visto encauzada a partir de un ya predeterminado método de movimientos, y la evolución temporal nace desde un principio sin relaciones interobjetuales. La idea, repito, ha surgido antes que el objeto, aspecto a partir del cual podemos precisar que únicamente lo esencial aparece como prioritario (y acaso único). Solamente las incursiones bárbaras (referidas estas al continuo cambio de fronteras y objetos ajenos que aparecen introducidos de forma aleatoria en mi espacio) intentan de algún modo traslocar y desviar la mirada de la que hago uso para la creación. No lo consiguen. Es más: amplío los límites de manera conceptual recayendo ésta en la influencia en otros espacios. Así pues, mi espacio se considera espartano; incluso por desarrollos de proyecto, lacónico.

Si aceptamos que no es un “operar estratégico el que debe predominar en el taller” (pues cierto se supone que el creer saber de antemano lo pretendido pasa a convertirse en un imperar dictatorial –emperador- que elimina libertades esenciales), en ningún momento esta aseveración elimina alguno de mis postulados, de mis creencias. Únicamente intento ser responsable de lo que afirmo, nunca su esclavo.

Para terminar, queda por apreciar que si bien intento ahuyentar en esta ocasión el análisis, y deseo simplemente compilar una serie de determinadas consideraciones de carácter personal, no es ello mas que una elongación (véase un alargamiento accidental de un nervio o miembro, en todo caso) de “aquello que traduzco”; una obra; un escrito; un pensar con libertad siempre procurando por supuesto ser más amigo de la verdad que del mismo platón.

::COMENTARIO SOBRE INTENCIONES Y RESULTADOS::

(Comentario con espíritu de ensayo escrito sobre “Notas sobre intenciones y resultados”, de Txomin Badiola.)


La eterna búsqueda del sentido en el mundo que hemos elegido.

Interesante y acertada sobremanera la comparación que Badiola realiza adjudicando la figura del minotauro a la aspiración del sentido y el laberinto todo aquel mundo que rodea (que incluso atrapa acotando y definiendo en sumo grado grandes espacios cerrados de los cuales será siempre difícil escapar) de textos artísticos en todas sus dimensiones. ¿Es en el fondo contra esto contra lo que se lucha? El clandestino hijo de Egeo se convierte en un nuevo héroe, ideal espejo en el cual verse reflejado si uno de nuestros grandes motivos existenciales es no perderse en el laberinto y derrotar al hijo de Pasifae. Según esta comparación, la aspiración a un sentido, el deseo de conseguir y controlar el concepto de sentido que se busca casi sin esperanza aparece definida por una mezcla entre razonamiento y visceralidad, entre lo humano y lo animal.

Ya hemos supuesto algo. La respuesta a las preguntas de para qué somos artistas y para qué sirve el arte encontrarán en la respuesta la perfecta comunión entre el aspecto humano y animal (acotando lo humano como lo dependiente de la razón y lo animal perteneciente al sentido ilógico de los sentimientos, de lo poético). Teseo salió del laberinto guiado por el hilo de un ovillo que le facilitó Ariadna. Así se convierte en la aspiración del artista mientras que la hija de Minos puede poseer distintas representaciones según el modo de pensamiento que cada uno posea. Puede convertirse en el regalo de los dioses que nos da la solución inicial para que nosotros la continuásemos; el primer verso, dirían los románticos. Sería la figura de la musa. Para otros Ariadna correspondería a la toma de posesión de forma del proyecto que nace en nuestra mente y nos coacciona para dirigirnos al lugar al que deseamos llegar. En este caso es aspecto de previsión el recapacitar sobre todo punto o aspecto incluido en el anterior proyectar para saber o intuir en cada momento qué giro coger, qué dirección tomar dentro de un laberinto idealizado en el mundo de la sobre-exposición de información, sobre la cual, gracias al previo proyecto y a nuestro (esperemos que acertado) criterio seguirá la búsqueda. ¿Es posible que esa lucha sea precisamente el sentido del artista? En dicho caso el minotauro sería la figura ausente de la autoridad por la cual sin embargo nos sentimos observados y el laberinto aquella edificación construida a modo de panóptico.

De todos modos, ansiemos poseer pensamientos en reserva (que no menos importantes sino muy oportunos en determinados momentos) puesto que en el caso hipotético de alcanzar lo que inalcanzable parece, (el comprender ya no por qué accedimos a este mundo en cuestión sino qué sentido tiene el propio mundo) nos veremos ante la destrucción del ansiado conocimiento como deseo, prolongándonos la búsqueda de otra ocupación, que aunque de menor nivel y menos rigurosa, mantendrá nuestra mente esperanzada.

Permitidme que continúe extrayendo relaciones a partir de la anterior y clásica comparación de las predisposiciones ante el mundo del arte, puesto que interesantes y reveladoras connotaciones puede aportar al plano en el que pretendemos desenvolvernos con cierta soltura: El minotauro se alimentaba según los recuerdos de carne humana, traduciéndose en la absorción de la esperanza del artista. El artista sin esperanza no es nada y la horrible figura que nosotros mismos hemos creado apenas sin darnos cuenta a lo largo de nuestra existencia se alimenta de esa misma esperanza transmutada en miedo y desesperación que irradiará en concretos momentos. Debe atemorizar a todo aquel que lo desee alcanzar puesto que sabe que si alguien lograra llegar no encontraría nada excepto ausencia. No existe tal sentido. No es más que una prolongación en el fondo esperanzadora del ser humano; un símil del dios inalcanzable con nuestros terrenales sentidos.

Llega un momento en el que, por determinadas causas, decidimos actuar en el mundo del arte. Dichas causas pueden en un principio poseer nombres concretos y definiciones exactas. Podemos saber sin temor a equivocarnos la razón por la cual hemos decidido dedicarnos (a priori) en cuerpo y alma a aquello que hemos escogido, en este caso el arte en alguna de sus facetas. Pero esa precisión (de todos modos escasa en cantidad de individuos que la posean) se va convirtiendo a medida que relacionamos cuestiones y vamos obteniendo éxitos o fracasos, en una dislocación conceptual de nuestro propio sentido, descendiendo poco a poco en profundos pensamientos sobre el futuro del arte como camino ideal hacia un objetivo especial. Un buen día descubrimos aquello que somos (¿la razón?) y de quién descendemos artísticamente, tal cual Teseo halló en su momento. Al descubrirlo obtuvo también varios objetos destinados a ayudarlo en sus periplos y poder ser así reconocido como legítimo descendiente. Esa ayuda externa debe ser proporcionada en todo momento, para bien o para mal, a modo de guía por aquel experimentado que en su caso aprenda a reconocer la individualidad de cada buscador. Esos objetos son la experiencia y el conocimiento por medio de los cuales invocaremos al desamparo de sentido.



jueves, 29 de octubre de 2009

::SOBRE LO DESCONOCIDO::

(EL ROSTRO UNIVERSAL)
Una forma de definir lo que no se conoce

Ante el apasionante desafío de dialogar con uno mismo acerca de un tema a mi entender tan sumamente importante como el que a continuación trataremos, se nos aparece desde un principio la radical trascendencia del inicio mismo de los planteamientos que se intentarán desarrollar de la mejor manera posible (poco hay tan importante en toda situación como hallar la senda precisa, para no comenzar perdido en la infinitud del pensamiento). En este caso, iniciaremos tal discurso tan supuestamente en principio complicado manifestando la más básica de las afirmaciones posibles al respecto (digna sin duda del mismísimo Perogrullo), siendo esto que a pesar de que cualquier persona o cosa lo es en sí misma hasta que deja de serlo, tal vez lo desconocido confirme este dogma con más seguridad y energía que cualquier otra aseveración que pudiésemos en este momento y sobre este aspecto realizar.

Así pues, presentando que lo desconocido lo es en sí mismo hasta que deja de serlo, observamos que aunque simula una verdad aparente (siéndolo de cualquier modo, al menos en la teoría), dicha frase encierra también toda una definición que incluye el saber ver y observar la verdad en defecto de lo aparencial. Deberá trabajarse lo desconocido entonces con los ojos espirituales (desligando el concepto “espiritual” de cualquier carácter religioso que se le pudiera suponer), para poder evolucionar en la búsqueda de conclusiones viendo la verdad y rechazando las apariencias (lo pseudos). Surge en este punto, y sin haber desarrollado todavía (en absoluto) la esencia de los planteamientos, una interesante pregunta que pone en duda el hecho de que conozcamos realmente lo que creemos conocer, siempre en base a la calidad misma de lo conocido y nunca a su cantidad.

Apreciamos, del mismo modo, que si deseamos vehementemente acotar lo anónimo (esto es, delimitar la frontera o límites que marca con aquello que forma parte de nuestro conocimiento), debería incluirse la explicación del posible tránsito en cualquiera de las dos direcciones (de lo que conocemos hasta que lo olvidamos, y de lo que desconocemos hasta que nos es enseñado), considerando a partir de ahora lo conocido como Grupo A y lo desconocido como Grupo B por el simple objeto de marcar visualmente las zonas de ocupación de nuestro entender. Así pues, el cambio de lo desconocido a lo conocido es, básicamente, el paso de la no existencia a la existencia, el discurrir de las ideas desde el Grupo B al Grupo A, siempre partiendo desde el concepto de aquel cosmos al cual denominaremos mundo personal: el mundo conformado por el conocimiento del individuo-tipo (siempre comprendido como mundo existente en nuestro yo consciente). Dicho tránsito/trayecto –de lo desconocido a lo conocido- pasa por ser entendido mediante el uso de la razón en mayor medida que por el uso de los sentidos (simples soportes iniciáticos del logos que ayudan a la formación de los cognoscible) aún existiendo siempre ambas (y muy distintas) posibilidades o intentos de comprensión.

¿Cómo debemos entonces defendernos de lo que desconocemos? Sin duda debemos decantarnos por el uso del logos como arma destinada para la defensa frente a lo ignoto, en un claro intento por racionalizar la nueva existencia que en el mundo personal del individuo aparecerá por primera vez, como nacida de la nada (continuando con el esquema mental de la separación de grupos, en este caso, una idea más –la que acabamos de conocer- entraría a formar parte del Grupo A procedente del amplísimo Grupo B como antes habíamos esbozado). Lo siguiente surge en la duda como la comparación que realizaremos con lo ya existente para definir así lo desconocido y diferenciarlo con exactitud: cuando apreciemos que es distinto de todo lo que no es él (de todo lo que conocemos), comenzará el verdadero trato con aquello que ahora pasará a formar parte de nuestro conocimiento. Es claro pues, llegados a este punto, que la razón es el puente, la Kénosis entre lo desconocido u olvidado y lo analizado y aprehendido.

Hemos apreciado ahora un nuevo giro en la posible definición sobre lo desconocido, siendo así que lo ignorado comprende la posibilidad de haber sido conocido en algún momento pasado y a la vez haber sido olvidado (si aceptamos que lo desconocido es denominado Grupo B -externo al Grupo A- lo conocido pero olvidado, al estar dentro del Grupo A, formará pequeñas islas a las que titularemos como sensibles Grupos C). La memoria aparece entonces como el soporte del recuerdo y base del uso de la razón, tomando forma la posibilidad de que el desconocimiento pueda ser activo tanto en cuanto pase a ser integrado como acto de memoria; ésta aparece diferenciada entre memoria voluntaria e involuntaria, siendo la voluntaria aquella que trabaja a nuestras órdenes, forzada a discurrir con la ayuda de otros recuerdos y conocimientos que sí poseamos, y la involuntaria, por el contrario, la que tiene a bien en reaccionar tras el impacto de uno o varios signos en nuestro entendimiento.

Así pues, al hablar de lo desconocido podemos hacer alusión o referencia a la anamnesis, el recordar lo olvidado, que no es más que un conocer (re-conocer) lo desconocido, más en este caso como ya existente en el (con anterioridad) mencionado mundo personal. Sería el no percatarse de la debida correspondencia entre un acto y la idea que se tiene constituida de una persona o cosa; del mismo modo se admite la aptitud de un re-conocimiento de la capital mudanza que se acierta en dicha persona o cosa.

Tal vez, con destino a aclarar un poco la barrera entre lo conocido y lo desconocido, sea posible comparar dicho espacio con la analogía luz/oscuridad, además ampliando dicho campo metafórico hacia la aseveración “allí donde la luz sea más pura y enérgica, las sombras adquirirán más fuerza”, posibilitando que en el momento en el cual el conocimiento adquiera en nosotros más fuerza o amplitud, lo desconocido lo sea con más presencia (lo desconocido lo es con más fuerza, intensidad e incluso densidad). Esta última afirmación, como vemos, nos lleva de nuevo a la frase con la que hemos iniciado las presentes conclusiones: lo desconocido lo es en si mismo hasta que deja de serlo.

A modo de resumir en parte lo dicho hasta el momento, vemos que lo desconocido aparece como aquello olvidado, pero también, por supuesto, como aquello sobre lo que con anterioridad no se poseía saber alguno.

El inicial enfrentamiento con lo desconocido se produce por deseo propio o por que “nos es dado” (aún en el momento en el cual lo que no conocemos “se nos aparece”, pasando nosotros a formar parte del ideal grupo de los genéricamente llamados poetas, podremos usar la razón y la lógica para encauzarnos de nuevo en el buen camino, al menos en el que a mi parecer simula como correcto). Surge (acabamos precisamente ahora de esbozarlo) la comparación en este momento sobre la figura del filósofo y la del poeta (incluyendo todo acto poyético de carácter artístico dentro de esta última individualización); mientras que el primero es el que buscaría el enfrentamiento con lo que desconoce siguiendo el curso de la razón, su propia dialéctica, sus propias hipótesis para conformar y construir el mundo, el segundo viviría re-poseído por “aquello que le otorga”, presentándose ante lo desconocido sin desearlo pero elevado y feliz, a diferencia del filósofo, que sufre la violenta elección personal de su propia senda. El primero es el camino de la razón ante lo desconocido; el segundo es el de los sentidos ante lo desconocido.

Por otra parte (y como última cuestión a tratar en esta breve reflexión), es mi deseo destacar que imposible se supone sobre nuestras humanas capacidades el evocar lo desconocido, pues no podremos nunca en modo alguno traer a la memoria recuerdos sobre algo que no hemos conocido, y menos aún conocido pero olvidado, al menos de forma voluntaria, al afirmar que el recordar lo olvidado sólo podrá realizarse mediante el soporte e influencia de los signos denominados mundanos actuando sobre nuestro entendimiento. Podremos entonces acercarnos a una posible representación de lo desconocido mediante la imaginación, hermana a priori débil de la razón (pues el mundo en parte se hace posible al entendimiento en base a una imaginación, a una imaginación ciega. Construir el mundo en base a tal conocimiento pasaría por imaginarlo con anterioridad para poder así posteriormente asimilarlo en base al logos). Lo desconocido abarca el espacio que nunca será posible explorar en toda su extensión; más aún/incluso parece difícil presentar una concreta imagen (signo/s) que se acerque a aquello que cada uno de nosotros desconoce. ¿Cómo imaginarías lo desconocido? Sin duda de forma distinta al resto de nosotros, al influir directamente sobre dicha imagen el gusto y la imaginación, aspectos del subjetivismo en sumo grado. ¿Debo responder a esta pregunta? ¿Cómo imagino pues lo desconocido? Al no existir el conocimiento pleno admitimos que lo desconocido es en sí mismo ilimitado y por tanto inabarcable, pero esto desde el punto de vista de un limitado plano temporal. Siendo así, posee duración ilimitada (evo). Mi mente discurre entonces frente a este reto hacia una posible alegoría de la sabiduría, del conocimiento pleno o de su concepto de deseo; Fausto pacta con el diablo; Odín troca partes de su cuerpo; todo ello en pro de la obtención del pleno conocimiento tan deseado por sabios y dioses. Aparece así la idea de la representación de un rostro inmenso en cuyo interior todo es comprendido; comprendido como explicado y comprendido como abarcado. Un rostro conformado por infinidad de signos de todo tipo, que será mostrado no representando en sí dicho rostro, sino la idea del mismo rostro: la idea de un rostro universal.

martes, 27 de octubre de 2009

::DESPUÉS DE LA OBRA MAESTRA DESCONOCIDA::

Comentario con espíritu de ensayo escrito sobre “La obra maestra desconocida”, de Honoré de Balzac.

Parece que se adelanta en este libro la suprema importancia de la búsqueda de la esencia que en cada caso se desee representar, por medio de la técnica (1); que resulta imprescindible aquel tiempo (2) dedicado al estudio de la forma y del color para, con dichos conocimientos, conseguir representar la esencia de lo deseado. Observamos cómo el maestro Frenhofer (3) trabaja sobre la obra de Porbus apenas añadiendo ínfimos detalles (4). Con -o gracias a- dicha intervención no solo logra aportar vida a la representación sino que consigue que tanto Porbus como Pousin comprueben aquello que faltaba (5).

Y sin embargo, querría apreciar que no existe un único camino para lograr captar las esencias, tanto en cuanto que, a determinados niveles de las mismas, no interesa ya el detalle sino las grandes generalidades (6).

¿Merece la pena, de tal modo, guiar el conocimiento únicamente hacia la expresión de la técnica?; ¿Tal vez por ello cada vez menos artistas de encaminen, no ya hacia la pintura-pintura, sino a captar el éxtasis de la técnica? (7); ¿Es entonces –sin intención de aportar ningún carácter despectivo al respecto- simple cuestión de paciencia?; y de ser de este modo...¿Es la paciencia uno de los dones acerca de los cuales todo artista mueve sus deseos?

Son artistas maravillosos (o así se consideran) los que no necesitan el apoyo de la palabra en sus obras. Piensan haber evolucionado sin haber caído en la cuenta del nuevo giro que se podría aportar de no haberlo repudiado tan prontamente (8). Sin embargo, afirma Frenhofer que para ser un buen poeta no basta con conocer a fondo la sintaxis y no cometer errores en el lenguaje (9), lo que parece traducirse en no tener únicamente un solo don. La técnica, del mismo modo, no es suficiente. Cada cosa o persona parece exigirnos un determinado modo de representación, residiendo pues el misterio en saber o acertar a ver la verdad de tal o cual objeto o persona y no su sombra. ¿Cómo podríamos solucionar dicho problema? Como cualquier otro problema de cualquier tipo que se interponga en el camino de nuestra existencia: desvelando el rumor de los signos mediante el uso puro de la razón.

Realmente sí deseamos saber la verdad (verdades), sin más mediaciones ni restricciones de ningún tipo; sin veladuras conceptuales. Más existen distintos tipos y niveles de verdad, y cada una posee una forma de representación distinta.

La misión del arte, cierto, no es copiar la naturaleza, sino expresarla. Destaca la exaltación exacerbada que realiza Frenhofer a Porbus:-“No eres un vil copista, sino un poeta!”-chocando violentamente con la afirmación que había realizado con anterioridad acerca de la búsqueda de la verdad (¿La esencia?). La proclamación del rol de poeta incluye todo un mundo de postulados que aquí nos veríamos imposibilitados a exponer en su totalidad, pero sí apreciamos un delirio desesperanzador en el trasfondo de todo el escrito.

Como analogía con lo comentado, resaltaría que la captación de las distintas esencias es punto a lograr en la exposición de la serie de estudios o trabajos realizados esta temporada hasta el momento. Esencias distintas, no acumuladas como intento de atrapar el mundo y sus verdades, sino como curiosidad de aproximaciones de esencias distintas cercanas en el espacio. Algunos momentos son dominados por la geometría y otros por la poética. Por veces se intenta imponer el realismo, por otras la abstracción. Del mismo modo, parejas a dichas esencias circulan sus representaciones. He dejado de pintar las personas o las cosas para intentar pintar las ideas de esas mismas personas o cosas (10). En efecto acompañan a la esencia, sus parecidos en esta realidad, sus carcasas, el cuerpo (su concreta parte del mismo, el rostro), el presidio con el que identificamos a dichas personas. Si el cuerpo añade pústulas al alma (parte activa de la esencia) dichas costras bien podrían ser los cambios que son introducidos con respecto a su presencia física, pues poeta soy y no filósofo.

----------------------------------------------------------------

(1)-Cuando hablemos de técnica en este documento, haremos referencia a niveles superiores de la misma, nunca al uso que de ella hacen los iniciados. La técnica como máxima expresión de la pintura, allí cuando una única (que no simple) pincelada marque un punto de inflexión importante en el resultado final de una determinada obra. Así pues, técnica en altas cotas de capacidad para aquellos que le concedan tal importancia.

(2)-¿Podría considerarse como tiempo perdido en cuanto al ejercicio de la práctica? Si tenemos en cuenta que para ganar tiempo, debemos perderlo con anterioridad, el aparente tiempo perdido queda sobremanera justificado. Y sin embargo, no hablamos en realidad de tiempo perdido en cuanto a conocimiento, pues todo enfrentamiento con lo ignoto produce resultados.

(3)-Aparente dios o titán de la pintura porque ve más alto y más lejos que los demás pintores, capacidad provocada por su deseo supremo de conocimiento que finalmente le hace ver o comprobar su propia caída en el inicio de la locura. Se aprecia su pertenencia real a la figura del poeta que, trabajando en un comienzo con la razón, cae en la negación de todo su entendimiento)

(4)-Aunque por seguro imprescindibles para captar la esencia, al parecer objetivo prioritario y enfermizo del anciano.

(5)-Más adelante contagia el anciano al joven cierto ansia por el método hacia la esencia como legado, habiendo perdido en realidad toda esperanza el maestro de lograrlo.

(6)-“A un cierto nivel de las esencias, lo que interesa no es ya la individualidad ni el detalle, sino las leyes, las grandes distancias y las grandes generalidades. El telescopio, no el microscopio.”Gilles Deleuze, Proust y los signos, Ed. Anagrama.

(7)-A mi parecer de ningún modo debe anteponerse el estudio desmesurado de una técnica en detrimento del desarrollo de la razón. ¿Conlleva esto un acercamiento a la figura del filósofo? Por supuesto sí afirma la superioridad de la idea en sí misma. Mientras que la evolución en el conocimiento matérico fluye con la praxis, la real ocupación en mi trabajo tiene sus pilares en la razón.

(8)-Al parecer, gracias al desarrollo de la técnica los pintores no necesitan ya añadir explicación a sus obras (texto explicativo = currus venustus), pero comprendiendo este hecho, aprecio que tal vez por ello mismo debería haberse reafirmado dicho texto, o haber evolucionado su aplicación a la par que evolucionaba la técnica.

(9)-Extrañamente se acerca la figura del anciano en este punto, más a la filosofía que a la poesía. Invoca el saber (haber aprendido) ver la verdad de los objetos (cosas o personas) y no sus apariencias. Promulga entonces el uso de la razón como modo apropiado ante el intento de comprensión del mundo. Parece entonces una comunión del poeta y el filósofo aún sabiendo que ambos utilizan los mismos principios más de diferente forma. En la caída de Frenhofer él mismo sabe que todo lo que el pensaba en sí de filósofo no existía, resumiéndose en la destrucción. La destrucción de su obra y por extensión de su vida. “El poeta que quiso ser filósofo”.

(10)-Solo el rostro he mantenido como puente desde la apariencia a la verdad, punto o camino de unión necesario para hacer posible su comprensión. Por otra parte, todo elemento que forma parte de dicha esencia aparece atado por sus compañeros elementos hasta llegar a una conclusión pictórica en la cual el azar tiene el lugar que, junto a la persona representada que lo requiera, desee yo mismo proporcionarle.

lunes, 26 de octubre de 2009

::LA FORMA DE LA AUTONEGACIÓN::

(O LA FENOMENOLOGÍA / ONTOLOGÍA DE LA EMPATÍA)

“Nadie es depositario único de la verdad, ni en el mundo del arte ni en ningún otro mundo. Somos hijos de la duda..., y los hijos no reniegan de la madre. La duda es flexible, tierna, comprensiva. La certeza es rígida como la muerte, como un juez inmisericorde incapaz de comprender que la contradicción es el modo que utiliza la vida para afirmarse sobre su propia incertidumbre...”

Jose Antonio Abellá, La realidad posible.



¿En qué consiste realmente la auto negación?... Es decir; ampliando (con permiso) un poco más el cuerpo de tal cuestión: ¿Qué consecuencias puede conllevar el hecho de desear ansiosa y profundamente una o varias cosas o personas si finalmente uno mismo crea de la nada y debido a su orgullo o autoestima una barrera enormemente consistente y por seguro infranqueable que acarrea la terrible consecuencia de no querer lo que realmente se proclama como completo deseo absoluta y vitalmente necesario?

Es muy posible que estos deseos (más bien, estos sentimientos) se vean profundamente ligados a aquellas personas con un carácter vigorosamente marcado por lo que se podría definir en su conjunto como una personalidad de tipología ególatra-victimista. La personalidad de estos seres humanos se aprecia también poderosamente definida por una constante variabilidad, versatilidad, mutabilidad tanto interna como externa, intentando de este (al cabo tan camaleónico) modo instituir un sello de carácter conformado por lo que tales sujetos ven como sumamente importante o justificadamente interesante en las personalidades de otras personas; de tal forma piensan hacerse fuertes para presentarse con más seguridad ante los problemas que individualmente creen que en su primigenio estado no podrían afrontar. El mito de ingerir la carne del enemigo (tal vez no enemigo cuando sí némesis, contrario, opuesto, “el otro”, al fin y al cabo) para así absorber también la fuerza que le convierte en antagonista y no poder ser vencidos a partir de ese momento por otro como ellos, se ve entonces, si no realmente plasmado, sí de alguna forma representado.

Concluyendo nada más empezar (cual preliminar declaración de intenciones): La personalidad (completamente falsa cuando aparentemente real) de estas personas no deja de ser una seria y más que prudente amalgama de incontables puntos fuertes extraídos de las distintas personalidades de otras personas, pero que al ser separados de su medio natural (aquel para el cual están ya previamente conformados y existen en el interior de los otros), por sí solos no pueden ser consideradas realmente facultades plenamente competentes. Una personalidad entonces ajustada por innumerables puntos fuertes no constituiría, por sí misma, la personalidad más desarrollada o idónea.

Pero en el fallo (tanto en el error como en la verdadera maldad) está lo que realmente idealizamos (a pesar de que constante y superficialmente lo intentemos esquivar): un ser perfecto en cuanto a la forma de su personalidad ya desarrollada, se puede asegurar (a pesar de que esta seguridad no sea más que la afirmación dogmática de una simple teoría íntima), que sería (de ser posible forjar un comentario sobre ella mediante modos sumamente descriptivos y breves), desesperada y hastiosamente aburrida, vejatoria e irritante.

Si es cierto entonces que en el fallo (en lo más profundo de tal concepto o idea) reside la idealizada perfección... ¿Por qué tantas personas nos sentimos irresistiblemente atraídas a rechazar una personalidad cuyas características más manifiestas y visibles son el ser ególatra y victimista? ¿Por qué si es una personalidad con fallos es más rechazada que muchas otras -todas las demás, podría añadir-, las cuales a su vez, por supuesto, también poseen “errores de base”?

A fin de cuentas, siempre podría ser viable que analizásemos por partes esas dos palabras que tanto y tan bien pueden definir a una persona, pues, no nos engañemos, todo aquel que en estos instantes se encuentre leyendo esta breve reflexión, puede incluso crear en su mente una idealización física de la persona de carácter ególatra - victimista; seguramente la imagen -en mi mente al menos así se configura- que entonces se formase habría de ser (a pesar del enorme carácter subjetivo de cada individuo -que quiera probar con este ejemplo su imaginación- que configurará esta representación mental, así como dispondrá los cambios que se producirán en la misma con respecto a la descripción por mí propuesta) en aspectos generales, la de un individuo (más sencillo es imaginar a un hombre con esta determinada personalidad que convertir a la mujer en poseedora de tamaña maldición) de estatura y constitución medias, más bien rozando la debilidad de complexión y la vulgaridad de rasgos, sin exagerar, con cara dulce y caracteres poco marcados, pero con la mirada profundamente orgullosa; una especie de cordero con piel de mismo cordero, en realidad, pues bien es sabido que nadie peor que él para causar daño a los demás.

Pero el hecho de que una persona sea ególatra (siendo esto constituido como idea o concepto apoyado en su misma definición) en absoluto es maldito, virulento, ponzoñoso o despreciable; dicho individuo no hace sino mantener un escudo protector (resguardo preventivo como defensa del todo artificializada) que le informa en todo momento de las (en mayor o menor grado incesantes) agresiones exteriores hacia su persona y que de continuo se encarga de ensalzar sus posibles virtudes en total y completo detrimento de sus potenciales defectos (casi invisibles a sus ojos, por otra parte), observando tales menoscabos como simples, escuetas y pequeñas manchas en su límpida y lustrosa piel (que en cualquier momento puede molestarse en limpiar, pero que aún así no lo hace por no apreciarlo como acto absolutamente necesario; siempre es agradable comprobar una pequeña mancha para planificar ocuparse precisamente de ella).

En apariencia (de inicio -y de momento- diremos sólo en apariencia) esto es lo que provoca (lo más importante al menos, con sus considerados rasgos) el mantener desarrollada (y desenrollada, tengámoslo en cuenta) una personalidad ególatra; y sin embargo, en pura esencia, produce realmente todo lo contrario: mientras de cara al resto de las personas se proyecta lo anteriormente detallado, en el interior de aquel ególatra deben surgir infinidad de dudas, vacilaciones, incertidumbres y titubeos acerca de su propio existir, sobre su verdadera forma de ser, la cual termina por decidir definir (siempre y únicamente para sí mismo) como una de las creaciones más oscuras, abyectas y falsas de todas las que puedan aparecer en la inmensidad de la tierra conocida; Intenta convencerse (a sí mismo y por ende a los demás) de sus enormes cualidades y perfectas capacidades en todo aquello que tiene a bien en acometer, afirmando al mismo tiempo sin embargo (desde lo más profundo de su ser) que no es él mismo mas que una insignificante mota de reluciente Nada inmersa en un conjunto de vacío.

A pesar de parecer algo indiscutiblemente incompatible, se logra apreciar una enorme carga de brutal y feroz pesimismo en este tipo de personalidades (pesimismo precisamente en perfecta coalición con la esencia victimista a la cual lo veremos ligado en el desarrollo de la presente propuesta escrita). No es entonces en absoluto casualidad (aunque sí causalidad) que tal personaje intente y quiera delimitar las acciones o presencias de una personalidad que aúna los conceptos ególatra y victimista, pues para el, casi por definición, ambas se conforman unidas en el interior de un ser humano en concreto (él mismo) a lo largo de su desarrollo como persona.

Ser ególatra es para el individuo en cuestión, poco menos que verse dios traidor a sus principios...

Y sin embargo (tangentes en estos momentos a otra importante y curiosa relación de definiciones) ser ególatra no es ser egoísta (algo que al parecer casi la totalidad de los seres humanos no entiende y que por eterno piensa como conceptos parejos), siempre y cuando el egoísta es aquel bellísimo Narciso que únicamente se ve a sí mismo en el espejo del mundo, intentando robar (debemos recalcar este verbo y diferenciar ahora que el egoísta roba mientras que el ególatra absorbe y complementa) las virtudes de ajenos y ajenas para añadirlas a su colección privada, muestrario siempre sumamente extenso; es aquel bibliotecario que no deja retirar libros de la biblioteca; es aquel que no comparte su sabiduría o experiencia con los demás por el simple hecho de ser uno de los pocos afortunados que la puedan poseer.

Esto es sumamente estúpido. Hace gala el egoísta de una estupidez tan desmesurada que parece no gozar de límite alguno, pues crea un daño real, tangible y profundamente evidente que a él mismo le comporta un beneficio por completo imaginario además de grotescamente informe.

Sin embargo, en comparación, el ególatra es aquel que, a diferencia del egoísta, gusta (disfruta, se alegra, desea, se recrea, goza, saborea) de compartir, no pudiendo (nunca jamás, y como única y primordial condición) ser albergada duda alguna sobre quien es el que imparte y quien el que recibe; quién el maestro y cual el alumno. En ese caso, ¿Podríamos afirmar entonces que el ególatra no roba, como anteriormente esbozábamos, las personalidades de los demás para así conformar su personalidad que cuando ve acabada, también ve invencible? ... ¿O si?

Nos enfrentamos ahora (caemos en la cuenta) a un problema de recursos formales: en ningún momento dejo de afirmar que el ególatra sustraiga o afane ciertos factores (capacidades - cualidades - ventajas) de otras personalidades, pero desde su punto de vista hace gala de un eclecticismo tan puro, tan sano y tan legítimo, que realmente nada ha robado pues le pertenecía desde el inicio de los tiempos. Sólo el ególatra ve con buenos ojos (y desde este prisma) tanto su interior como su exterior, si bien acaparando ciertos errores, pues sabe a ciencia cierta que con los fallos se puede soñar con alcanzar algún día la peligrosa perfección.

También a diferencia del egoísta, el individuo ególatra se preocupará antes por la gente (contexto social) que directamente le rodea (del mismo modo que por las personas ajenas que se encuentren a sus ojos en clara situación de desamparo), para así alimentar su ego, eternamente creciente. Así también necesita, a la vez que realiza determinadas acciones encaminadas a enriquecer el soporte vital de la gente de su alrededor, el saber precisamente que la gente lo sabe: cuanto más alimente su ego, más del mismo modo se comportará, introduciéndose en una cadena de actos en progresión geométrica que difícilmente podrá ser detenida. Pero al mismo tiempo, más que aceptar algún tipo de trueque o regalo a cambio de esas mencionadas acciones de ayuda, le permite llenar mucho más su interior el hecho de rechazar tales tipos de pago. Es más: si no existe o al no haberse producido tal compensación, el ego aumenta a raíz del pensamiento surgido en ese instante, y de forma subconsciente, de haber acometido una acción (guiada por su personalidad) que no ha sido compensada (precisamente porque dicho individuo ególatra victimista no lo ha permitido) y que podría, a partir de entonces, ser exigido el pagamiento de tal favor. Por supuesto esa exigencia jamás será requerida, pues el objetivo de la personalidad en cuestión ya ha sido conseguido: dejar perfectamente claro quién es la persona que permite a otra mejorar de forma temporal o permanente su continuidad en cualquier campo del conocimiento. En este aspecto la inmaterialidad es más valorada que la materia, algo que consiguientemente permite demostrar de forma clara y sin dar lugar a ningún tipo de duda, que el alimento para el alma es superior a la temporalidad de la presencia física y sus necesidades.

Por otra parte, es muy factible que no soporte el hecho de encontrarse realizando cualquier acto que considere de sumo interés e importancia y no hacerlo llegar (compartirlo) al resto de las personas; adora la idea de compartir lo que él mismo puede llegar a crear. Por supuesto, el individuo estaría capacitado para llegar a controlar estos arrebatos de pasión creadora dirigida a aumentar el conocimiento de la comunidad, pero para qué molestarse si él mismo lo admira con un punto de vista que le hace apreciar este compartir, con una enorme autosatisfacción.

¿Cómo encajarían, de todos modos, la envidia este tipo de personas? ¿Soportarán y de qué manera ésta sensación al comprobar las ventajas, de las cuales ellos mismos se autoproclaman máximos representantes, en la piel de otras individualidades? Sencillamente ningún tipo de enmascarado rencor suele pasar por su mente; se dedicarán a analizar, estudiar, buscar una mejor manera de representación, autoconvencerse de la existencia del factor suerte o de las casualidades, y admitirán el error de no haber actuado antes en ese sentido. Por supuesto admitirán la perfecta valoración y, aún más, tenderían a idealizar y divinizar la causa de su sana envidia, para así no olvidarla y plantearla como similar meta que se debe superar.

Llegado este punto se puede observar que pocas maneras existen para intentar detener el aumento de ego de un sujeto atado a una personalidad ególatra/victimista, exceptuando, tal vez, el que a continuación se presenta: el único modo de lograrlo sería crearle problemas que únicamente le atañan a él mismo (pues partimos sin duda de la idealizada premisa del ególatra que no posee asuntos externos que distraigan su potencial inherente), sin incluir a nadie de su exterior. Así se vería en el difícil (para él) compromiso de ayudarse a sí mismo, y no recibir la misma satisfacción que cuando ayuda a otras personas; en conclusión, su ego disminuiría a pasos agigantados.

En tal situación, dicho individuo, dependiendo de la otra personalidad dominante (continuando con el análisis de la combinación ególatra-victimista), es posible que se vea incapaz de superar tal problema y se vea de igual forma invadido por una creciente sensación de culpa, la cual constituirá un firme paso hacia delante para confirmar de pleno precisamente la personalidad que posee. Otras personas, viendo aflorar el sentimiento de protección que toda persona lleva latente en su interior (sobre todo aquellas de las cuales se rodearía el individuo-tipo que estamos analizando), comprobarán lo que sucede y sin duda la mayoría se prestarán a ayudar, no siéndoles negada esta ayuda en casi ningún caso. Esa misma ayuda prestada por los demás es utilizada egoísta e inconscientemente para recuperar su status anterior de personalidad. Gracias todo ello a su condición de victimista.

El hecho de que en esta personalidad se encuentren una serie de acciones, reacciones y deseos, que en nuestra cultura hemos tildado con la cruel definición de victimista (siempre será un rasgo con tendencia a una pobre consideración social), no es al fin y al cabo más que una forma tan válida como cualquier otra (en ocasiones incluso mejor) de alcanzar las metas que cada uno personalmente se proponga; o incluso las que el destino depare clavar en el camino de la vida.

Insisto; ¿Por qué extraña razón parece ser totalmente cierto e irrefutable el hecho de que existir como individuo ególatra-victimista carezca de futuro, que deba cambiar, o que simplemente se le exija proceder mediante ciertos cánones impuestos desde el exterior? No cabe en mi cabeza respuesta alguna que resultase ser lo suficientemente convincente como para hacerme cambiar de personalidad y guiarme por ajenos cánones, que a fin de cuentas son de otra persona, no míos. Pero (y lamento ciertamente verme en el compromiso de proponer otra pregunta que yo mismo contestaré), ¿Dónde podría encajar en este ligero estudio de personalidad el titulado concepto de autonegación? Esta misma bien podría ser llamada autoflagelación. Es la capacidad que posee todo individuo de poder causarse cualquier tipo de dolor, tanto físico como mental, consciente e inconscientemente.

A mi modo de ver, son aquellos seres con personalidad combinada ególatra-victimista, con pinceladas de sub-personalidad romántica (¿Qué se debe entender por este término? Nada más que la real concepción del verdadero romanticismo, mucho antes de que esta palabra quedase desvirtuada en su significado; sería la personalidad infundida por el sentir del poeta, otro factor menos importante en esencia pero influyente en la personalidad que estamos analizando) los que, con seguridad muy a su pesar, son los más propensos a ejercer sobre su persona este antiguo tipo de tortura; pues no se debe poner en duda que como tortura no tiene precio.

La autonegación viene generalmente precedida de una intensa y prolongada reflexión; en ella se proponen en la mente del elegido las ventajas e inconvenientes sobre los deseos que en ese momento se poseen: realizarlos o no, intentar realizarlos o no, incluso desearlos o no, llegando irremediablemente a la decisión (muy de profundis involuntaria) de la autonegación. No se cumplen tales deseos porque nunca se llegan a realizar dichas tentativas de conseguirlos.

Por supuesto, la capacidad inherente de estas personas para hacer relucir (siempre en la intimidad) su propensión a la autonegación, no siempre sale a la luz, si no que, mucho más aún a su pesar, sólo en las ocasiones realmente importantes. Es decir: el prototipo de anhelo que estas personas deben poseer, para así ser capaces de hacer surgir su propio sistema de tortura, va más allá, seguramente, de cualquier pensamiento que en estos instantes cruce la cabeza de aquel que analice este texto; nada material, nada físico, de ninguna meta personal o situación con respecto a la sociedad estamos hablando. Se va más allá: se habla de conceptos totalmente inmateriales que se escapan a la lógica y que tal vez casi por completo obedezcan puramente a sentimientos y sensaciones.

¿Acaso se autonegará alguien el comprar un coche nuevo si su sueldo se lo permite y sinceramente lo desea o necesita? ¿O tal vez se negará a sí mismo el pedir un libro prestado?... ¿O tal vez, después de sopesarlo, no querrá proporcionarle lo mejor a su familia e hijos, e incluso a sí mismo? No, no; No estamos hablando de eso; estamos hablando de algo que está a la vez que no está; algo que se escapa a través de cualquier rendija que la lógica pueda poseer.

La autonegación implica un alto grado de sacrificio, por supuesto, pero también un alto grado espiritual, sin que esto tenga tipo alguno de significado religioso. La única comparación que podría resaltarse en ese aspecto sería aquella que relacionase el deseo autonegado con el dios supremo: aquello tan intensamente venerado nunca podrá ser conseguido. Del mismo modo, esta misma autonegación, aquella que sin más destruye poco a poco las esperanzas de las personas que ostentan la personalidad ególatra-victimista de lograr sus anhelos, ayuda, aunque resulte realmente paradójico pensarlo, a fortalecer sobremanera dicha personalidad. ¿Significa entonces que dichos individuos llegan a formar plenamente su personalidad? Tal vez resultase demasiado arriesgado afirmarlo de forma tan pragmática, pero sin duda debe contemplarse la seria posibilidad de que realmente estarían muy cerca de su evolucionado y por fin completo estado final.

Antes hemos comentado que esta capacidad de negación propia, aparece provocada por una anterior y profunda reflexión, y que a raíz de esa reflexión constante y centralizadora se llega al final, en realidad no deseado, pero aceptado con enorme conformismo. Mas es la duda sobre el resultado en realidad lo que provoca precisamente la falta o carencia de la acción final decisiva por parte del individuo. Ese mismo individuo que en su planteamiento del deseo construye correctamente el mejor camino para conseguirlo, creando a la vez inexistentes peligros y barreras que impiden claramente su consecución. Esto sucede de tal modo precisamente para no tener que recorrer dicha travesía. La falta de confianza, en efecto, en esa personalidad, le ayuda enormemente a forjarla. Correcto pues es afirmar que la duda es comparable en este caso a la poca confianza o a la falta de la suficiente fuerza de voluntad. Esa misma duda que finalmente se convierte de forma oscura en un autoconvencimiento del peor de los resultados, un pesimismo sin límites, que de todos modos le empuja también a superar ese gran muro llamado problema, más no atravesándolo, sino debiendo cambiar de camino. Superándolo, al cabo, casi sin saberlo.

De todas formas, siguiendo por supuesto bajo el análisis de la personalidad que comentamos, ¿Acaso el orgullo del ególatra no le permitiría de nuevo superar esta situación? Sabemos ya que sí; en efecto.

Otra de las ventajas viene iniciada por una nueva duda, en realidad la misma, pero planteada desde un punto de vista más esperanzador: ¿Qué habría pasado si…? Esa dulce espina, fatal para otras personalidades, sería para estos individuos una tabla de salvación. Se convencen a sí mismos de ese futuro, viviendo a partir de entonces una realidad personal que no es más que una onírica realidad: Una vía de escape que le permite de nuevo concentrarse en sus mayores cualidades, es decir, ser un punto de apoyo para otras personas sobre las cuales debe a su vez apoyarse. Una relación simbiótica en la que resultan absolutamente beneficiadas todas las partes implicadas.

Acaso simplemente nos encontramos en este documento con una, considero, aclaratoria fenomenología, de un tipo de subjetividad mucho más extendida y común de lo que a priori podría parecernos (apreciemos incluso, pongamos por caso, la trascendente existencia de numerosos casos insignes de ególatras victimistas: Wittgenstein, Kierkegaard, Cioran y Dostoievski.). Pero me pregunto con qué objeto he realizado este escrito. ¿Autoconocimiento? ¿Y con qué objeto ha de leerse? Posiblemente con todo esto no se haya planteado la solución de esta última pregunta que nos hacemos llegado el final del escrito… o sí, pues tal vez gracias a todo lo narrado alguien llegue a saber realmente qué forma tiene su propia autonegación. Sinceramente así lo espero.