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jueves, 31 de diciembre de 2009

::EL TRAJE DE LOS DOMINGOS::


- ¡Carolina! ¡Despierta Carolina! ¡Vamos!

A esas horas de la mañana sólo Rosa, la madre, estaba despierta, y lo único que le preocupaba preparar el habitual, completo y apurado desayuno para toda la familia. Además, ese domingo deberían estar todos bien presentados para ir a la iglesia y recibir más tarde a la tía Ángela, que llegaba de la capital para quedarse tres o cuatro días.

A todas las criaturas de la casa les encantaba la tía Ángela: A Raúl, el más pequeño, siempre le traía algún juguete de esos que no hay en los pueblos y que sólo se consiguen si vives en la ciudad y puedes permitirte el gasto; a los gemelos, Pablo y Luís, les obsequiaba insistentemente útiles artísticos para sus cada vez más frecuentes dibujos y pequeñas pinturas. Por otra parte, mientras el joven Carlos solía recibir partituras para la guitarra que años antes la tía Ángela le había regalado, la bonita Carolina tenía su armario repleto de los vestidos que a lo largo del año su querida tía le había ido proporcionando.

- ¡Carolina! - La pobre Rosa se estaba poniendo muy nerviosa por momentos, y tras entrar en la habitación de la pequeña con los brazos en jarra y actitud despótica, abría de par en par la ventana para despejar del todo el pesado sueño de su hija mientras de su garganta continuaban brotando las habituales explicaciones vespertinas - ¡Carolina! Tus hermanos están todos en la cocina, acabando el desayuno. Date prisa y baja, que tenéis que vestiros todos para la iglesia y esta vez hay que ponerse guapos para comulgar y confesaros. Venga; date prisa; siempre llegamos tarde por tu culpa. ¡Venga arriba! ¡Arriba!
-Pero mamá… - murmuraba - un poco más… déjame dormir un poquito más…

Carolina, como siempre mediante súplicas, esperaba de las cosas más de lo que solía obtener.

Poco después todos los pequeños y la noble madre habían acabado de desayunar y estaban casi preparados para asistir al templo como habían hecho todos los domingos desde hacía tanto tanto tanto tiempo que no podía ninguno de ellos recordar cuando habían comenzado a hacerlo.

Pero Carolina no quería ponerse el vestido rosa que su madre había elegido para aquel día.

Aquel elegante vestido se lo había traído la tía Ángela la última vez que había estado con ellos en el pueblo, y todavía no lo había estrenado. Con sus infinitos lazos de colores cálidos y apagados en tonos pastel y con el cuello babero muy típico de celebraciones religiosas como bautizos, comuniones, etc…, la simple visión de aquel vestido terminaba por provocar en la dulce Carolina más de cien terroríficos pensamientos. En la cabeza (y siempre según el canon del inquietante atavío), debían descansar dos lazos exactamente del mismo tipo de tela, brillo y color que el resto del vestido (de obligada colocación por manos expertas y decididas), sitos a ambos lados de la cabeza de la víctima; el conjunto, como guinda final, incluía zapatos de charol con unos de los calcetines blancos de ganchillo más horribles que la abuela Felisa había realizado jamás.

-¡¡Mamá!! - Carolina estaba profundamente decidida a no ponerse el vestido pensase lo que pensase su tiránica madre - ¡Mamá! No pienso ponerme este vestido. ¿Por qué no puedo ponerme el azul clarito? ¡Este no me gusta nada! Es horrible… ¡y da miedo!... ya está decidido: ¡No me lo pongo!

Desde pequeñita Rosa siempre había estado convencida de algo: los hijos nunca debían perderle el respeto a los padres, y la pequeña Carolina cada vez más habitualmente contradecía a su madre en cualquiera de las decisiónes que esta tomaba. ¡No le obedecía en nada! ¿Cómo que no quería ponerse el precioso vestido rosa que había encargado a su hermana? ¡Si era precioso! Tendría que intentar con renovadas energías mejorar el carácter de Carolina… pero desde que su padre había muerto hacía tres inviernos la pequeña había ido cambiando poco a poco. De todas formas: enseguida subiría y la obligaría a ponerse el vestido después de explicarle algunos conceptos básicos sobre autoridad y jerarquía en las familias.

Dicho y hecho: un par de gritos, un par de frases fuertes y un par de cachetes del todo inocentes para que Carolina supiese sin ninguna duda quien mandaba y a quien había que obedecer; al dejar Rosa la habitación de la pequeña (cerrada con llave para que no se le ocurriese salir antes de ponerse el vestido y encerrarse en el cuarto de baño), ésta estaba, entre sollozos e improperios, comenzando a vestirse el bellísimo conjunto.

Mas sin que nadie llegase a advertirlo, cuando todos en la casa estaban acabando de acicalarse para ir a misa y mucho antes de que la pequeña Carolina hubiese terminado de vestirse, el muy dotado de hermosura traje rosa de los domingos, medio enfundado todavía en su cuerpo, acabó por engullirla violentamente haciendo desaparecer para siempre a la bonita e inocente niña que nunca tuvo culpa alguna de lo que acabó por sucederle.

martes, 24 de noviembre de 2009

::MEMORIA DEL COBARDE::


¡Aquí dentro está todo tan oscuro...! Hace calor, demasiado calor en este adusto y fosco espacio tan sumamente estrecho en el que nos hallamos todos confinados.

Mis hermanos y yo. Nadie dice ni hace nada ante el violento futuro que nos aguarda, ni siquiera llegados aquellos atroces instantes en los que alguno de nosotros es trasladado y alejado de los que son como el, de nosotros, escogido al azar sin duda para ser vejado fuera de este punto infecto.

¿Nacimos en este lugar? No lo recuerdo bien, pero creo que no; intuyo que hemos nacido todos nosotros en otro lugar igualmente aterrador del cual nos sacaron hace tiempo. Ahora mismo, en esta celda, quedamos sólo cuatro. Tres de mis hermanos y yo; y lo más horrible es que éramos veinte...

Desde que nos trasladaron al cubil que forzadamente habitamos, aquel en el que desde entonces obcecadamente observamos o intuimos, más bien, el transcurrir de los días, hemos sido testigos de cómo se los iban llevando, uno a uno, a los demás, al exterior, a la luz, para no volver.

En el fondo estamos seguros de qué pasará una vez estemos fuera: nuestra existencia se verá truncada de la manera más horrible y espantosa que habríamos podido imaginar; nos dirigiremos hacia la peor de las muertes conocidas, y aún así… sabemos… aceptamos que hemos nacido para eso; hemos aparecido en esta vida para proporcionar con nuestra horrible muerte placer a estúpidos sin ingenio que gozan como nunca deleitándose al vernos consumir en las llamas de la tortura.

El fuego.

Ayer se llevaron… o más bien se llevó, pues sólo a uno de los carceleros hemos visto hasta el momento, a mi hermano más querido: lo sacaron de la celda cuando descansaba a mi lado, tranquilo, confiado, seguro, crédulo en la idea de que él sería el último en ser asesinado; “el afortunado”, lo llamábamos entre las desconsoladas sonrisas de los momentos más tranquilos. Realmente lo amaba. ¿Era o no el mejor de nosotros? Sin duda sería el que más hubiese merecido ser salvado... porque a veces… sólo a veces, sucede la salvación; cuentan las historias que en ocasiones no sólo uno sino varios incluso se salvan de la hoguera y escapan sin que nadie sepa cómo a su horrible y primigenio destino. ¿Gracias tal vez a la magnificencia de aquel que nos tiene retenidos? ¿Cuestiones políticas? Es posible. ¿Tal vez por un descuido? Improbable.

Yo nunca he asistido a la salvación de uno de los nuestros, y, quedando los que quedamos, no aspiro a presenciarlo nunca.

Pero mi querido hermano... mi valiente hermano… mi muy amado hermano… ¡¡No es justo!! ¡Cambiaría de buena gana mi parca vida por la suya, aunque sólo fuese para poder proporcionarle una nueva oportunidad de salvación!... mas... ¿Qué digo?... son estas únicamente desconsoladas y vacuas palabras de un cobarde como otro cualquiera al que le habría bastado en su momento con un simple empujón para ejercer de héroe; ejercer de héroe y cumplir lo que ahora grita oculto en una esquina desde su medroso interior... salvar la vida del más fuerte...

La celda en la que vivimos es pequeña, oscura y extremadamente calurosa; diseñada para veinte, incluso nosotros cuatro no nos encontramos en absoluto cómodos. Estamos de pie y dormimos de pie, y cuando éramos algunos más, para poder movernos lo debíamos hacer todos a una.

Pero es mejor dentro que fuera; aquí dentro, al menos, mantienes la esperanza; la esperanza de que la próxima vez que abran la trampilla de la celda, NO te escojan a ti; la esperanza de que cuando llegue tu propietario legal, aquel que te ha comprado, prefiera torturar y asesinar a uno de tus hermanos antes que a ti; la esperanza de ser un apóstata cobarde inmisericorde...
Los tres que quedan conmigo son los más temerosos, los más débiles, los más aprensivos; pero han llegado casi hasta el final. No hablan desde que se llevaron a mi querido y valiente hermano. Ni entre ellos ni conmigo. Sólo los escucho sollozar de vez en cuando y gemir apoyándose los unos en los otros.

Yo me he apartado de ellos porque me dan asco, repulsión; incluso más del que yo mismo me doy. Los odio profundamente. Los odio porque no merecen haber llegado hasta aquí. Porque no son dignos de haber sobrevivido a su valiente hermano. Porque se enfrentan a su cruel destino de la manera más cobarde que conozco. Los odio porque me odio a mí mismo.

Y qué importa. Nada. Nada importa ahora. Quedamos los que quedamos y punto; no hay nada más que decir. Porque es la mayor tortura y nunca esperanza el resistir aquí confinado, esperando con incertidumbre un final sobradamente anunciado.

¿Sabéis… sabéis que a veces dejan en la celda el instrumento de tortura con el que la noche o el día siguiente nos calcinarán a alguno de nosotros?

Si: En verdad ormimos al lado del instrumento de Leviatán, pero lo que no saben los que nos encierran en este lugar y nos ofrecen este destino es que morir quemado es casi un alivio… lo que, por otro lado, y descorazonadoramente abatido, me lleva a concluir que es la esperanza el arma más cruel con la que cuentan nuestros guardianes y asesinos; la esperanza es mala, virulenta… no es más que la perdición de un alma noble que espera más de lo que suele obtener.

Ya se acerca… oímos ruido en el exterior de nuestro encierro y todos sabemos que la puerta está a punto de abrirse… ¿Seré yo? ¿Tal vez sea yo el escogido? De nada sirve la pregunta sin respuesta mientras observo lo que sucede; y ya pronto lo sabré. La puerta se abre y uno de nosotros será elegido... sólo uno de nosotros… es… ¡Se acercan!... ¡Vienen a por mí! ¡¡Soy yo finalmente el elegido!!

Las fuertes manos de mi carcelero me sujetan con cruel fuerza y dureza al tiempo que me desplazan con despiadada rapidez hacia una enorme sala que nunca antes había visto... ¡Oh, Dios mío, no me has abandonado! ¡Que vista más bella existe allí donde ahora estoy! Han pasado únicamente unos segundos desde que fui escogido, y conociendo cual será mi final, mi horrendo y pavoroso final… casi pienso que merecerá la pena sufrirlo por disfrutar todo aquello que estoy divisando desde el terrible abrazo al que me veo sometido. ¡Extremada belleza de amplitud infinita! ¡Espacio sin duda propio de los dioses, aquel en el cual he de perecer! Pero... ¿Qué me sucede? Mi cuerpo… No opongo resistencia… no alcanzo a moverme… y la fuerza con la que me sujetan disminuye hasta convertirse en una cálida y dulce caricia mientras aprecio cómo el arma de mi asesino se aproxima hacia mí, lenta y parsimoniosamente, haciendo saltar las primeras chispas que prenderán en mi yo y me harán enloquecer muy pronto de dolor. ¡Amado hermano!... ¡Moriré pensando en ti! ¡Arderé considerando que estaremos juntos de nuevo en un lugar mejor!

domingo, 15 de noviembre de 2009

::CRÓNICAS DE HÉROES::

CRÓNICA PRIMERA:

“DE LA INTERESANTE VIDA DE RAUNO BOKJART”

No eran buenos tiempos para los campesinos (1), aunque en realidad, y si bien es cierto… nunca lo fueron; ni lo son; ni lo serán jamás. La familia del joven e impertinente Rauno había sido campesina desde siempre, tanto sus padres como sus abuelos, como los abuelos de sus abuelos y como todos aquellos anteriores a el y que todavía podían ser recordados en las oscuras y tremendamente decepcionantes historias llenas de desidia y desesperación que se narraban de boca en boca por las noches, justo antes de descansar estricta y decepcionantemente lo necesario para volver al día siguiente a lo mismo de siempre. Exactamente lo mismo. Sin cambios.

De todas formas (2), el fuerte y sobre todo confiado bonachón padre de familia, Jonblar “nariz torcida” Bokjart (3), anhelaba que la tradición campesina de su familia (4) fuese al fin denostada por el menor de sus hijos (ya nombrado con anterioridad en esta historia): el fuerte, ágil, valiente (legendario sin duda en un futuro) y séptimo rubio descendiente de su estirpe, Rauno Bokjart (5).

Casi desde el momento en que Rauno llegó a este mundo (6), su carácter fue muy distinto al de los insípidos y aburridos componentes de su familia: apenas sabía gatear cuando ya escapaba del cuidado de aquel encargado (horrible misión) de custodiarle y se asomaba al corral donde tranquilamente descansaban y se alimentaban las gallinas, gallos, ocas y demás aves allí reunidas, apareciendo (irremisiblemente y con demasiada asiduidad) una o dos de ellas muertas instantes después de su visita; y es que a Rauno siempre le pudo cierta curiosidad; desde muy pequeño.

Tardó bastante en aprender a hablar, y nunca demostró demasiado énfasis (más bien ninguno) a la hora de aprender las burdas y habitualmente erróneas escrituras que su paciente madre terminaba por transmitirle (7). Sin embargo Rauno, pocos años después (ya curtido en el idioma y conociendo algo más que el gruñido y algo menos que la primera letra del abecedario (8)), cansado de sus batallas con las feroces bestias de corral (las cuales ponían duramente a prueba las en absoluto limitadas capacidades estratégicas del pequeño (9)) y hastiado, al mismo tiempo, de su incansable práctica de lanzamientos de proyectiles a larga, media y corta distancia (cuanto más corta mejor, pues detestaba errar en este campo del conocimiento), comenzó a interesarse por todo aquello que había más allá de las tierras que amablemente habían sido cedidas por el Barón Wilfredo para su expolio, preguntando a todo bicho viviente con el que se cruzaba, incluyendo, sin dudarlo en este caso, a su anodino abuelo Soma (10).

Fue así como Rauno conoció gran variedad de hechos acaecidos allén de las tierras que tanto detestaba a tan corta edad: aventuras de grandes guerreros y bellísimas princesas; horribles dragones y ejércitos sin igual; impresionantes batallas y chismorreos de corte sin par. Todo ello (aderezado con esa pizca de insana imaginación generada por quien cuenta historias en las que no ha estado presente) acabó provocando en el joven Rauno un definitivo aislamiento del mundo del vasallo (11), a la vez que multiplicaba su curiosidad sin límites acerca de la vida caballeresca. A partir de aquellas historias contadas por el viejo Soma, Rauno dejó de trabajar la tierra lo poco que lo hacía, dejó de ayudar a su padre en el mercado lo poco que lo hacía y dejaba, a fin de cuentas y desde aquellos instantes, de arrimar el hombro en la difícil vida familiar del campesinado (para sustituir todo ello por el fantasioso y emocionante mundo guerrero -o al menos lo que Rauno entendía por tal- que se abría ante sus ojos).

Cierto día, no mucho después, y avivado por una extraña sensación de ansia febril no conocida hasta el momento, reunió Rauno más que suficiente cantidad de coraje y voluntad (aspectos ambos ampliamente conocidos en el rapaz por todo el pueblo…), y robó los pocos ahorros que su madre, durante muchos y muy difíciles años había logrado reunir (12). Con aquellas monedas compró entonces los apenas nulos servicios de un poco agradable anciano y ermitaño extranjero que por entonces residía no lejos de allí, y que, según se decía, había participado en más de una batalla formando parte de diversas levas (recibiendo asimismo más de un noble rasguño).

Rauno compró su entrenamiento como caballero (alquiló al cabo la instrucción en el noble arte de la guerra, el conocimiento sobre cómo quitar la vida; se hizo, en fin, con toda aquella desbordante sabiduría), y con el dinero sobrante (Rauno era consciente de su excelsa experiencia en el regateo), compró una increíble espada de fabuloso hierro oxidado.

Y así, amanecer tras amanecer, acudía Rauno a sus lecciones, aprendiendo y asimilando con increíble velocidad todo lo que obtenía al exprimir la incontestable mente de su nuevo maestro, el cual resultó tener por nombre Brune, y por afición, la bebida. Ambos, entre clase y clase (e incluso en medio de ellas, fueran éstas prácticas o teóricas), frecuentaban diversas tabernas o burdeles de la principal ciudad del gran Baronado (13), en malas horas y peores compañías, discutiendo sobre las estrategias de grandes batallas, aportando soluciones para la victoria del bando perdedor, gritando alabanzas a antiguos héroes, peleando en defensa de la justicia universal y bebiendo, pero sobre todo y más que nada, bebiendo (14).

Por entonces, al iniciar aquellas lecciones, tenía Rauno quince años, pero tan desarrollado estaba que podría pasar por un mozo de mucha más edad.

Fue un oscuro día de invierno en lo más profundo de la menos digna de las tabernas de Glarús, cuando Brune decidió que Rauno había aprehendido la magnificencia de la guerra y, a fin de cuentas, todo lo que conocía el mentor acerca del tema, comunicándoselo (de un modo que daría mucho que hablar en el lugar) a su camarada aprendiz:

-“¡Estás listo!” (15).

Tres semanas habían pasado exactamente desde que el prometedor hijo de campesinos había reunido el coraje y la valentía suficientes para comenzar a forjar su destino, y estaban entonces por fin llegando los frutos; y con los frutos bien es sabido que se puede paliar el hambre; y si no hay hambre es que se ha comido; y si se ha comido se está fuerte y sano; y sólo así, de este modo, puede uno llegar a ser caballero.

Rauno ya había cambiado.

Su moral había sido pervertida en sólo veintiún días.

Ahora era mucho más cruel.

Al día siguiente se levantó dolorido como nunca (debido sin duda a la enorme resaca provocada por la excelsa celebración del día anterior), pero por lo menos se había despertado en su propio camastro. Eso ya era un buen comienzo. Cogió las mejores botas de su padre, la mejor capa de su hermano mayor, la mejor ropa del segundo de sus hermanos, el mejor gorro de su madre (esto último sólo son suposiciones), y le reclamó a su joven hermana la vaina para la espada que le había mandado hacer a cambio de su silencio (16), saliendo luego a la puerta de la casa: su familia habría de despedirlo.

No hubo lágrimas, ni llantos, ni gritos de júbilo, cuando lo más apreciable era la digna mirada henchida de orgullo de Jonblar y la tristeza gris en los ojos de Datia. Nadie abrazó a nadie, mas, como último detalle, Rauno montó la mejor mula que tenía la familia, ni siquiera se despidió cuando partió a lomos de su cabalgadura y desapareció por el frío y nevado camino del norte en dirección a la fortaleza del Barón Wilfredo.

Rauno, con actitud despectiva, cruzó el pueblo; y con mirada desconfiada, cruzó el bosque; y con gran alivio llegó a otro pueblo; y con nueva desconfianza atravesó otro bosque. Fue en éste mismo donde Rauno (lección bien aprendida de Brune) hizo sonar el cuerno, el cual con su sonido avisa, a aquel que lo escuche, de las buenas intenciones del portador. Pero de lo que nunca le advirtió su antiguo maestro, fue que ese mismo sonido puede servir de reclamo, tal vez no a uno o dos salteadores, pero sí a un grupo más o menos organizado. Y eso fue exactamente lo que sucedió: poco después de emitir aquel ronco aviso (ya con los músculos más relajados y hasta admirando de vez en cuando el paisaje), aparecieron en el camino, frente a el, a unos veinte metros, dos (indudablemente) salteadores de caminos. Rauno desenvainó confiado su pesada espada y bajó de la mula, caminando en actitud claramente provocativa hacia los salteadores (los cuales sacaron del cinturón sus cuchillos), quienes emitieron un extraño sonido.

Y aparecieron dos más por la retaguardia (en ese momento la mula escapó o se la quedaron los bandidos, no se sabe a ciencia cierta) y tres a la derecha del camino; y cuatro por la izquierda… A nuestro héroe no le salían las cuentas (se hacía un lío a partir del tres), le temblaban las piernas, sudaba a raudales, sus manos y brazos de repente no tenían fuerza, su orina alcanzaba la tan ansiada libertad y sus heces en breve lo harían; no podía caminar, ni centrar su mirada en un punto fijo… estaba perdido, no… ¡¡estaba a punto de morir!!

Y murió.

Se cree que alguno de los salteadores le cortó la cabeza (no de un solo golpe, no; no fue tan estética la acción (17)). Algunos dicen que luchó como un gato salvaje (en cuanto pudo tranquilizarse, suponemos), y otros cuentan que los salteadores lo tuvieron muy difícil, pues hasta llegaban a confundir los agudos gritos que brotaban cual histérica fémina de la garganta de Rauno, y sus excéntricos movimientos con una violenta posesión demoníaca; el caso es que en este punto de la historia confluyen demasiadas variantes de entre las cuales ninguna se encuentra correctamente demostrada.

De este modo acabó la única oportunidad que tuvo (en toda su historia) la familia Bokjart de truncar la carrera campesina de su estirpe, gracias a los tesoros que el joven Rauno les enviaría durante su exitoso futuro. Pero lo que sus familiares no supieron, ni sus enjutas mentes sospecharon jamás (a excepción tal vez de su bonita hermana), es que el joven campeón nunca les habría ayudado en nada; eso nunca lo haría; pero sólo yo lo se. Sólo yo.

Desde aquel día el cuerpo del desdichado comenzó a pudrirse al lado de aquel camino.

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(1)-Tengamos en mente que esta pequeña historia -inmersa por supuesto en acontecimientos de mayor relevancia histórica- acaba siendo situada en torno al año mil después de nuestro señor, época en la que Europa se encontraba en una nueva situación política, económica y social que hemos dado en llamar feudalismo: el poder estatal se había disgregado en unidades autónomas; la economía era rural; y una minoría controlaba las masas de campesinos, siendo dueña de las tierras y de los medios de producción. Según hemos podido entender, esta situación fue justificada ideológicamente como la única posible en una sociedad cristiana.

(2)-…Y teniendo en cuenta lo muy acostumbrados que se encontraban los integrantes de la extensa familia Bokjart a pastorear, sembrar, recolectar, pagar, pagar y pagar lo impagable al noble bajo cuya protección vivían sin duda mucho más felices y seguros que bajo el terrible mandato de los bárbaros que de continuo asediaban al Barón sin que el grandioso Rey aparentemente actuase en defensa de los nobles delegados administrativos de sus extensos y gloriosos (y desafortunadamente poco fértiles) territorios…

(3)-Tenemos constancia de que el apodo “nariz torcida” sobrevino tras una reyerta en una taberna en la que el fuerte Jonblar se enfrentó a tres mercenarios (y cinco gigantes) que se disponían a abusar de alguna que otra joven que por allí pasaba en inoportunos momentos. Nada más se supo nunca de los tres mercenarios (ni que decir sobre los hipotéticos gigantes), los cuales, después de romperle literalmente la cara a Jomblar (amén de varias costillas y un brazo, mal curado y para siempre en peor estado) y después también de abusar de la chiquilla que habían escogido, desaparecieron tranquilamente por el nevado camino del norte.

(4)-La familia Bokjart estaba integrada por el gran Jonblar -cabeza de familia- y por su dulce y oronda pelirroja esposa Datia, y el mayor de los hijos llamado Braden, y el segundo de sus hijos llamado Jocalt, y el tercero de sus hijos llamado Bradon, y el cuarto de sus hijos bautizado Pelio, y la quinta -y en exceso soñadora- hija Bandia, y el sexto de sus hijos llamado Traco, y el séptimo y más valiente llamado Rauno; y también el imperecedero abuelo Soma y su (por descontado) aparentemente inmortal segunda esposa llamada Pesca.

(5)-Históricamente no podemos demostrar ninguno de dichos apelativos, salvo “séptimo”, claro, lo cual fue cierto.

(6)-Un parto difícil como nunca se recordaba en el lugar; al pequeño diablo le costó salir, entre los gritos y estertores, los llantos y los aullidos de la dulce y (hasta el momento) pausada Datia, aparentando el jabato por entonces una apatía sin igual y un “dejarse llevar” por la situación, que en el futuro no dejaría de acompañarle allá donde fuese.

(7)-Poco después de empezar las lecciones semanales, lo había dado Datia ya por imposible, y tan harta y cansada estaba de la educación en general (tantos habían pasado ya por sus cuidados) que no tardó en delegar dicha cuestión a sus hijos mayores, Braden y Jocalt, los que, sorprendentemente, se tomaron la educación de su hermano más pequeño muy, muy, muy poco en serio.

(8)-Contaba por entonces nueve primaveras nuestro querido protagonista.

(9)-Una de las escaramuzas (incluida en posteriores estudios sobre las estrategias del joven Rauno) más espectaculares, tuvo a bien en sucederse en el mismo centro del corral. Éste, en toda su extensión, era cruzado diagonalmente por una especie de riachuelo, objetivo tanto del agua de una pequeña fuente cercana, como de los residuos familiares de los Bokjart; tal riachuelo tenía, en sus extremos, dos pequeños puentes de madera fabricados cariñosamente por Jonblar muchos años atrás.

Rauno había llegado tarde al corral aquella noche; estaba en esta ocasión acompañado por dos de sus generales: dos gatos salvajes que participaban con el mismo énfasis que el pequeño en la masacre de las aves; la familia estaba en el mercado; el perro estaba encerrado. El momento era inmejorable.

Sin previo aviso, pero consciente de las fuerzas que le esperaban al otro lado del paso, Rauno, cruzando el puente en solitario, atacó al grupo de temerosas aves que estaban al otro lado; pero esta vez le estaban esperando: antes de poder atravesar el puente por completo, tres grupos de gallinas lideradas por tres gansos, arremetieron sin piedad hacia las piernas del valiente; las fuerzas empezaban a fallarle. Ante la debilidad, tres grupos más de gallinas y los dos restantes de ocas que estaban parapetados en la entrada de las instalaciones de descanso de las aves, acudieron con presteza para abatir de una vez por todas a su mortal y eterno rival. Pero en el fondo todos estos movimientos habían sido calculados por el gran capitán: antes de decidirse a cruzar el puente en solitario había mandado los dos gatos salvajes bordeando el ríachuelo amparados en la oscuridad hasta llegar al otro puente; éste estaba débilmente defendido por un pequeño grupo de cuatro gallinas y un gallo, los cuales, en el momento del ataque de Rauno en el puente sur, y ante la victoria segura de las aves, habían decidido confiados dejar sin vigilancia el puente para acudir a la batalla participando en la derrota del titán. Craso error: los dos gatos salvajes pudieron así cruzar el puente sigilosamente y bajar hasta la posición de su jefe, atacando por la retaguardia y creando tal caos y confusión entre las gallinas, que los gansos no se vieron posibilitados para reaccionar, ni siquiera pudiendo movilizar a sus aliados sorpresa (los cuatro pavos que recientemente había adquirido jonblar en el mercado -debido a la extraña disminución de las aves de corral- y que ya estaban al corriente de la guerra entre aves y humano) pues, en realidad, el primer movimiento de Rauno fue atrancar la puerta del anexo al corral en el que estaban estas peligrosas criaturas.

Una gran victoria.

(10)-Una de las historias que más influyó en Rauno fue una de las primeras que su abuelo le narró: la historia transcurría en un remoto reino, muchos años atrás, en el que un apuesto caballero de fuertes brazos y reluciente armadura llegaba tras un largo viaje a un castillo en el que era recibido por muchas bellas y jóvenes vírgenes sin ropa que…

(11)-Vasallo. Del céltico GWAS, latinizado VASSUS / VASALLUS = hombre, esclavo. Designa, lo mismo que la palabra hombre (homo), a la persona que ha prestado homenaje a un señor. Homenaje: del latín HOMINIUM / HOMINAGIUM = acción de convertirse en hombre de un señor.

(12)-Cuando tanto Jonblar como Datia se percataron de la terrible ausencia de aquellos ahorros (en absoluto desconfiaron del perfecto Rauno), cayeron todas las culpas (y los golpes) sobre la pobre e inocente Bandia, la cual recibió tal somanta de palos y durante tanto tiempo, que una de sus dos muy bonitas piernas nunca se recuperó, al igual que su sonrisa, la cual desapareció para siempre -aspecto que también fue comentado durante mucho tiempo en el pueblo, por cierto-)

(13)-La ciudad de Glarús no destacó por su bella y fuerte muralla, ni por la bravura de su ejército, ni por la higiene y salud de sus habitantes, ni por la nobleza de su corte, ni por la justicia de su señor, ni por tantas otras cosas que, en caso de poseerlas, ya no sería Glarús, sino tal vez alguna otra ciudad amurallada, limpia y justa de cualquier otro importante lugar.

(14)-Si bien no puede demostrarse la veracidad de lo siguiente, hemos tenido a bien incluir un pequeño fragmento escrito, perteneciente a un historiador de Glarús que en su momento prestó mucha atención a la vida de Rauno; no es posible confirmar su veracidad, como decimos, precisamente por una extraña obsesión que residía en este historiador con respecto al protagonista y todo aquello que le rodeaba. Ahora presentamos el documento para que el lector saque sus propias conclusiones:

“Aquel día de invierno en el que las tropas del Barón Wilfredo defendían las fronteras del norte, yo presencié cómo el maldito Rauno Bokjart (¡mil cuervos devoren a ese hijo de loba y a toda su familia!) apuñalaba a traición a mi muy querido hijo Fribourg, después de que mi muy añorado y valiente primogénito intentase defender a un anciano, del robo que estaba realizando el hijo de mil perras muertas…”

(15)-Esto es, a día de hoy, lo que se cree que dijo Brune a Rauno el día en cuestión, existiendo de todas formas, varias versiones sobre las palabras exactas e incluso sobre el sentido de las mismas en aquella corta frase, pues el gaznate del mentor había sido bañado con abundante vino del sur y aguamiel del norte, pagados con las últimas monedas que Rauno había ofrecido por sus clases.

(16)-La joven Bandia, después de la paliza a la que la sometieron sus padres (y al silencio de su hermano Rauno (cuando ella recibía los golpes), que fue quizás lo que más le dolió, pues la pequeña desde el principio supo quién había robado las monedas de la familia) se dedicaba a vagar por los bosques en pos de los pájaros, melancólica; a observar el reflejo de su bonito rostro en los estanques, apesadumbrada. Pero un día de verano Rauno la descubrió desnuda en el río cercano a la vivienda familiar, bañándose al lado de un anciano comerciante de piel flácida y carcomida. Después de lo que siguió al baño (acto observado con sumo interés por parte de Rauno, quien hasta el momento había visto a muchas ancianas copulando, pero nunca a una joven y por ende, menos a su propia hermana), el viejo y adusto personaje dejó caer unas míseras e ínfimas monedas al lado del cuerpo tumbado y exhausto de Bandia, quien se encontraba gimoteando levemente, guardando aquellas podridas monedas en una bolsita de cuero que sin duda contenía algunas más, pero ni por asomo todavía la misma cantidad que le habían acusado de robar.

(17)-Un peregrino en sempiterno viaje hacia el campo de las estrellas, alertado por el irritante sonido que provenía de lugar no lejos de donde se encontraba, presenció la muerte del caballero Rauno Bokjart a manos de unos infames asesinos y salteadores de caminos; nadie advirtió su presencia, por lo que pudo contar lo acaecido, aunque por poco tiempo, pues las terribles imágenes que desgraciada y atentamente observó lo sumieron en la locura; nunca llegó a aceptar que aquellas acciones pudieran existir en la naturaleza humana por corrompida que esta estuviese: espiar aquella decapitación arruinó su equilibrio mental. Antes de caer en el pozo de la locura, de todas formas, escribió lo presenciado, y recientemente se han hallado copias del manuscrito (al parecer muy extendido entre aficionados de la época a este tipo de sucesos macabros) que no nos hemos atrevido a reproducir en esta historia.

lunes, 9 de noviembre de 2009

::CARTAS A MOREL EL VIEJO - CARTA 19::

Las distancias que he recorrido desde que nos separamos en la importante búsqueda que nos ocupa en estos momentos son enormes, y sin embargo he viajado sin moverme del agradable poblado del sur en el que llegamos a decidir que por distintos caminos tendríamos más posibilidades para poder hallar el preciado objeto; recuerda: concluí en utilizar las peligrosas artes que ambos habíamos aprendido en la Orden de los Señores del Azar. ¿Lo recuerdas ahora, amigo mío? Si es así sabrás entonces del enorme riesgo que he corrido al decidir realizar este etéreo viaje hacia el norte; hacia las tierras en las que, a mayores, las artes mágicas carecen de la totalidad del poder que en condiciones normales puedo utilizar. Pero ansío que merezca la pena esta búsqueda y su forma. No podemos perder más tiempo...si es que aún nos queda algo....

He dejado mi cuerpo en la última habitación del torreón norte del conde Efritt... le debemos tanto a este gran hombre... Te insto de nuevo a recordar su agradable efigie y lo equivocada que está la plebe bajo sus dominios, pues sin duda tal vez no rememores con detalle las tres jornadas que pasamos en su castillo descansando antes de nuestro cometido, y por supuesto puedo casi con toda certeza asegurar que las situaciones que has vivido en estas cuarenta jornadas desde nuestra partida son las causantes de tal detalle. Espero que el conde siga a la perfección las indicaciones que he dejado de cara a la conservación de mi cuerpo, de no ser así...bien, ya sabes lo que sucedería; llevo demasiado tiempo en esta realidad como para terminar vagando sin recipiente y destinado a la mayor de las condenas.

Mi opinión es segura y confiada con respecto a Efritt, pero deseo de todos modos pedir tu opinión al respecto. ¿Crees que he obrado de forma acertada? Repito que yo creo que si, más tal vez tu sepas algo que yo no acierte a recordar sobre el conde de Sharkarna. Dime que confías en el y seguiré mi búsqueda más tranquilo. Por el momento nada he hallado; ni una simple pista, ni una conversación en la oscuridad...nada guía mi camino excepto el instinto; un instinto gastado y demasiado cansado a estas alturas como para dejar sobre sus decisiones el peso de esta importante búsqueda, me temo.

Nada más tengo que añadir a esta breve carta, y deseo que tu respuesta sea lo más rápida posible. Te mando a Estela, mi mejor paloma mensajera; ya la conoces y ella a ti; se alegrará de verte de nuevo. Ya sabes cómo debes responder.

Me despido ansiando tu respuesta y tus averiguaciones.



Corem Vildagrán (El-Sharlak).
Mi cuerpo en el condado de Raashda; mi mente en las Montañas oscuras.
Año de la cigüeña danzante.

::NARRACIONES ENCONTRADAS - NARRACIÓN 23::


Torguen poseía aquel brillo intenso en la mirada que hacía demasiado característica a una persona de entre cientos de miles como para que alguien como yo, con tantos nombres y tantas historias y responsabilidades sobre las espaldas, no cayese en la cuenta de apreciar. El día en que por fin nuestros ojos se reconocieron, pasamos incontables horas charlando en la Taberna de los Alaridos (que por cierto hace honor a su nombre, y en la cual cada conversación sube de tono con respecto a la conversación vecina), hablando de esto y de aquello, pero sobre todo de las aventuras que mis huesos habían dado en protagonizar, en sus múltiples apariencias.

-No, no - Me esforzaba en vano en exclamar -; por supuesto que no, y tenéis razón, mi joven amigo. Está claro que la voluntad del que desea absorber El Conocimiento en sus diversos aspectos, es mucho más fuerte que aquel guerrero asombrado por la fiereza del combate y aún llevado en batalla por el alma del Berserker; no es ni comparable, en modo alguno, (y debéis creerme, en verdad os lo digo) la voluntad del mayor estudioso que he conocido (Raewred de Firastads, monje ya fallecido, desgraciadamente) a la voluntad del más grande de los guerreros que estas tierras han soportado (seguro que habéis oído hablar de el, Yasgorth el cuestionable, provocador de tantos conflictos y vencedor en todos ellos); lo mismo es...

-En eso estoy de acuerdo con vos, y, perdonadme esta pequeña interrupción, pero creo que una frase que hace poco he encontrado en un antiguo escrito, concuerda con.....

-¿Qué tipo de escrito? ¿Podríais describírmelo? - Interrumpí con avidez.

-Estoy seguro de que al escuchar la frase en cuestión, habréis de daros cuenta de infinidad de detalles que enmarcarán el origen del texto hallado; tened paciencia y escuchad.

-Hablad, os lo ruego. – Me excusé.

-En efecto, así haré. La frase dice lo que sigue: “El hombre no se arrodillará ante los dioses ni yacerá muerto para siempre si no es por la flaqueza de su propia voluntad” - Una agradable sonrisa recorrió la faz de Torguen mientras que mi interior se apareció tal vez algo ausente.- ¿Os suena de algo?

-Habladme de ella; ¿Dónde la habéis hallado? - Ausente (algo ebrio) y preocupado pregunté lo que después supe ciertamente nunca debí preguntar.

-La frase estaba incluida en unos escritos realmente antiguos que encontré por casualidad en un poblado de las afueras de Ternazirl, y en general nos contaba la curiosa historia de un personaje...

-No recuerdo haber dejado allí copia alguna... - Ahora parecía yo hablar solo, creo recordar, o pensar en voz alta, pero enseguida reaccioné, mirando directamente a los ojos de mi acompañante y cortando sus palabras al instante. - Querido Torguen, ese texto que decís habéis encontrado no ha sido dejado casualmente, ni perdido en descuido por nadie, os lo puedo asegurar. El que vos lo hayáis encontrado no es casualidad, sino causalidad importante que puede provocar grandes cambios en este tiempo. Mejor será que poco sepáis por ahora; sólo debéis saber que creo haber hallado en vos algo que va más allá de la simple curiosidad o agradable sorpresa. Mas, aprecio ahora que largo tiempo ha pasado desde que entramos en este apestoso cubil cervecero....

-¡Si!, ¡por los lobos del oeste! – Confirmó mientras oteaba a su alrededor. - O están todos muertos o terriblemente borrachos. Tal vez deberíamos descansar algo, pero no aquí. A pesar de que mi morada no está cerca, un paseo puede venir bien para despertar nuestras piernas y relajar nuestras mentes.

Torguen estaba ya levantándose y dejando algunas monedas de cobre en la mesa cuando, recuerdo, advertí en su expresión la profunda huella que dejarían las palabras que habían salido de mi boca. ¡Insensato de mi! “Demasiado pronto”, me repetía mi conciencia; pero el caso es que lo que me había contado sobre el hallazgo de aquel texto con el que mi pasado reciente tanto tenía que ver, en aquel momento me había vencido. ¿Sería Torguen el buscado?.... tal vez, pero el tiempo lo afirmaría... o no.

- Acepto sin más, mi buen amigo - (por el momento preferí alejar aquellos pensamientos de mi cabeza) -. Paseemos pues en busca del descanso; es posible que con la luz de la mañana nuestras mentes se estimulen a la par que nuestro cuerpo. Creo que el aguamiel no es todo lo bueno que nuestros paladares habrían deseado.

::LAS AVENTURAS DE LA NINFA APOCALÍPTICA - INTRODUCCIÓN::

Aquella complaciente niña no quería que nadie entrase en su habitación a menos que la intrusión fuese por completo imprescindible para su subsistencia; así de sencillo. Se llamaba Ana y tenía apenas doce años; vivía con sus padres Juan y Alfonso y tenía un hermano mayor, poco mayor, que no entendía para nada la extraña actitud de su pequeño amor. A veces subía al cuarto piso del castillo, cuando se aburría de jugar solo con sus muñecos, para espiar a la inocente Ana y, en caso necesario, irrumpir de manera descarada en su también inocente intimidad. Pero la mayor parte de las veces se limitaba a observar por las diminutas rendijas de la podrida puerta cómo su hermana se desnudaba en el centro de la circular habitación y allí mismo, de pie, leía en voz baja el último libro que sus padres habían tenido a bien en subirle con la comida correspondiente a cada hora del día. Ana podía pasarse horas y horas leyendo, sin moverse apenas, hasta que acababa lo que tenía entre manos o hasta que sentía apetito y picaba algo del plato que ponía a sus pies. No pasó demasiado tiempo hasta que el imberbe Aquiles, tres años mayor, dejó de interesarse por sus juguetes y comenzó a dedicar la totalidad de su tiempo libre a estudiar el comportamiento de la bonita Ana.

Juan y Alfonso debían saber cosas que el joven ignoraba, pues no parecían apreciar problema alguno en la actitud que la niña mostraba desde hacía aproximadamente unos dos años. Estaban la mayor parte del día encerrados en la biblioteca de los sótanos, tal vez decidiendo qué libro subirle a la niña de sus ojos, o tal vez también, sospechaba Aquiles con inusitada certeza dada su pronta edad, investigando los placeres de la misma carne. Sólo Dios lo sabía. Pero por el momento el joven valiente continuaría vigilando a su corazoncito para así asegurarse de que nada malo le sucediera durante su encierro.

Así pues, cada día al despertar y después de desayunar con sus padres, después de que estos se apartasen de su hijo para encerrarse en la biblioteca, después de recoger la mesa en la que habían comido la carne de ciervo, y después de asegurarse mediante profundas reflexiones de que nada malo hacía en espiar a su hermanita día tras día, subía corriendo las escaleras de caracol hasta el cuarto piso y se sentaba delante de la puerta de la habitación de Ana dispuesto a cuidarla pasase lo que pudiese pasar.

Cierto día, transcurridos cinco años de apurada monotonía, Aquiles llegó más tarde de lo habitual a su eterno lugar de expectación, sillón ya establecido en el lugar adecuado para descanso apropiado de sus posaderas, y apreció con miedo cómo su bella hermana, ya despierta y de pie en el centro de la habitación, desnuda con un nuevo libro en las manos y con un plato de sopa fría de la noche anterior a sus pies, murmurando su lectura como si leyese para un amigo invisible y muy muy cercano, miraba directamente hacia el lugar en el que Aquiles llevaba esperando desde hacía tanto tiempo.

En realidad nunca había dejado de hacerlo; Ana siempre supo que su hermano permanecía en el mismo lugar todos los días y sólo leía para él, se desnudaba para él y vivía por él.

jueves, 5 de noviembre de 2009

::BEBERÁS::

¿Sabes qué te digo? Creo que ya lo sabes; de sobra. Sabes que tengo que decirte que odio vivir contigo y que me asquea tu forma de pensar; que rechazo tus recuerdos, que manipulas a la gente, que no rompes mi rutina y que no eres como piensas. Pero todavía tengo algo más que decirte...aunque no pueda. Porque estoy aquí, de pie, en la cocina, sin poder dormir y con un ojo morado de tanto odiarte. "Cariño, prepárame algo, tengo sed"; ojalá tu sed acabase contigo pero tendré que hacerlo yo misma. Beberás tu última bebida, tu maldito té.

jueves, 29 de octubre de 2009

::CARTAS A TORGUEN - CARTA 1::



-CARTA PRIMERA-


Hacéis bien a mi parecer, joven y desconocido amigo, al buscar no únicamente Tiempo para dedicar al rastreo de escritos (como mucha otra gente acaba haciendo) sino rastrear los mismos Escritos, que sin embargo mencionáis tan austeramente en vuestra carta. ¿Podríais llegar a decirme qué escritos en concreto habéis ya podido leer? Cómo y donde los habéis encontrado? Nunca sabe uno donde pueden estar descansando las rarezas más ansiadas.

Del mismo modo, me interesan también sobremanera las historias que afirmáis componéis (extraño es en estos tiempos hallar a un solo ser humano que, trabajando en menester diferente al letrado, dedique su imago a tal oficio) y sería sumamente placentero el recibir permiso y posibilidad de vuestra parte para ojear (con atención superlativa) vuestras letras y su unión.

Me halaga, de todas formas, el leer de vuestro propio puño que habéis escuchado historias relacionadas con mi figura (alguna de ellas, al menos) y que desearíais conocer más acerca de una determinada serie de temas que exponéis en vuestra carta. Os seré sincero: extraño es, pero valiente, preguntar con estos modos algo acerca de la misma Orden de los Señores del Azar, e incluso más sobre las reuniones (secretas, cómico parece pues) en las cimas de los bosques. Tal vez deba conoceros algo mejor de lo que ahora os conozco para poder confiar en vos.

Sin embargo: Adquiero capacidad para apreciar a la buena voluntad habitando en vuestras palabras, movidas sin duda por la curiosidad de aquel visionario que desea conocer (con todo lo que tal propia palabra pueda implicar), por lo cual veo posible que en breve podamos charlar más profundamente, y sobre temas menos banales que los típicamente archivados en las cabezas de todos nosotros a la hora de darnos a conocer a otros.

Como inicial muestra de buena voluntad, con esta respuesta os envío como presente tres ejemplares de palomas pardas del sur adiestradas con el máximo esmero (así siempre debe ser), en compañía de un gavilán negro adecuado como protector de la misma tarea. En la pata de éste os llegará un pequeño frasco de vidrio con un líquido rosáceo en su interior: Este liquido os ayudará en las tareas de adiestramiento de aves, siguiendo unas breves e iniciales notas explicativas (están estas en la segunda paloma) sobre el desarrollo de esta no fácil tarea de enseñanza. Espero que empiece así con buen pié vuestra pequeña legión de mensajeros; desconozco cuantas aves poseéis y cuanto sabéis del tema del adiestramiento pero hacedme saber vuestros límites y así podré mejor apoyaros. De las palomas pardas que a vos llegan ahora he de indicaros que aquella que llevará el mensaje principal, esta carta o primer escrito que os envío, tiene por nombre Azeral; La siguiente que ha de llegar y que tiene espesos plumones blancos a lo largo del corto cuello se llama Mizel, y la tercera en discordia (de carácter algo rebelde pero no por ello de peores aptitudes) fue nombrada como Zarzal. El gavilán, que antes que sus compañeras ha llegado y que posiblemente ha causado en vos algún recelo (tengo por seguro que no permitió que cogieseis el rosáceo néctar hasta una vez arribadas las palomas y explicado, pues, el asunto), tiene por nombre Cuidador, y soportará a mayores la obligación, por mí impuesta, de acompañaros allá donde vayáis (aparte de avisaros y defenderos de algún peligro ocasional, será mensajero y defensor de sus aladas amigas y efectuará lo que pueda y por vos sea menester encomendarle).
Así pues, vuestro es lo que antes era mío; espero os agrade tanto su compañía como su servicio.

Viaja con mis mejores designios.




Corem El-Sharlak.
Desde la ciudad de Kaviak.
Año del mono viajero.

lunes, 26 de octubre de 2009

::EL HIJO DEL ABOGADO::

Juanjo no sabía qué hacer; no tenía ni idea. Es decir… sí lo sabía; vaya si lo sabía; en realidad conocía exactamente cuales eran los convenientes pasos a dar en la desconcertante situación que tenía entre manos. No es que lo hiciera otras veces , pero la escena que se abría ante sus ojos le resultaba muy familiar; demasiado, en realidad. Quién iba a decirle, hacía ya veinte minutos, que si se decidía a secar la ropa en la secadora comunal se encontraría con todo aquello.

Parecía que había decidido bajar al sótano mucho más tiempo atrás.

En absoluto le disgustaba su habitación de la residencia de estudiantes: había pedido una habitación individual al empezar la carrera (le gustaba demasiado su propia intimidad como para compartirla con alguien más que consigo mismo) y allí se había acomodado a placer para su primer año. Los apuntes y los libros de leyes ocupaban la mayor parte del espacio de la mesa de estudio (junto con algunas zonas más del espacio circundante), mientras que el resto de la habitación contenía una pequeña mesa para el ordenador portátil, una torre para discos compactos, una cama de ochenta y una estantería de metal ondulado colgada de la pared, sobre la que descansaban algunas novelas y cartones de tabaco al lado de un par de mal colocados refrescos calientes posiblemente caducados.

Aquel Domingo no había hecho nada en todo el día: se había despertado al mediodía y había bajado al comedor para comprobar si habían quedado algunos restos de comida sin servir; picó algo y (no muy convencido) salió a pasear, justo hasta el momento en que se dio cuenta de que no llevaba el tabaco encima, regresando entonces, casi al instante, a su tan querida habitación.

Por la tarde, entre cigarro y canuto, había visto una película en el ordenador (una basura underground que había bajado de internet cierto día de poca inspiración), se había cascado un par de pajas de las buenas con una joya audiovisual pornográfica de los años cincuenta, logró acabar con uno de los refrescos calientes… y ni siquiera bajó a cenar con sus compañeros, quedándose medio dormido sobre el camastro con Deep Purple de fondo, sonando desde el ordenador.

Se despertó más tarde, sobre la medianoche, y en seguida se dio cuenta (quien sabe por qué tipo de rápida sucesión de pensamientos) de que tenía toda su ropa en las lavadoras comunales desde el sábado por la tarde; tendría que bajar; tendría que pedirle las llaves de la lavandería al conserje que se quedase aquella noche de guardia (insistirle en que, por favor, le dejase secar y recoger la ropa; que era importante; que sí, que lo sentía…); tendría que pasar la ropa de las lavadoras a la secadora; tendría que meter un par de monedas para que ésta emitiese su habitual ronroneo y tendría que fumarse un par de cigarrillos mientras esperaba que todo acabase. No era realmente un coñazo pero no le apetecía demasiado. Se lo pensó una y otra vez, y acabó bajando, más que por secar la ropa, por salir un poco de la habitación en la que había permanecido toda la tarde.

Una vez en recepción, la encargada (en esta ocasión le había tocado pasar la noche a Clara, , todavía de muy buen ver, según Juanjo; con unas tetas la ostia de turgentes y unos labios que…, y una persona muy agradable, por otra parte) le dijo que sin problema: que la lavandería estaba abierta (Clara siempre era muy amable con Juanjo, y lo que se estaba buscando, a ojos del muchacho, era que a la menor insinuación por parte de ella, se la follase el joven como nunca lo habían hecho ni el cornudo de su marido ni el imbécil del director); que acababa de bajar Sonia Hidalgo hacía nada, ahora mismito; y que cerrásemos las puertas una vez dentro, para no hacer ruido, porque la mayor parte de la gente en la residencia a esas horas estaba durmiendo.

Y Juanjo bajó al sótano.

- ¡Coño! La Sonia… - Se le escapó entre dientes mientras bajaba las escaleras.

Sonia era la tía más cachonda (y más calientapollas, sin duda alguna) de toda la puta residencia: estudiaba derecho, (como el, aunque ella no perteneciese a una familia históricamente relacionada con la abogacía), y estaba ya en tercer curso, donde aún sin quererlo se traía a todos los tíos de calle. Aquellas tetas tan jodidamente perfectas nublaban la mente de Juanjo (y no sólo de Juanjo), quien, cuando se cruzaba con ella en cualquier lugar (ya fuese en la cafetería de la facultad, en la biblioteca o en la penumbra del salón de actos), no se limitaba a emitir un simple saludo (¡hola!), sino que lo acompañaba con unas miradas para nada sutiles, dirigidas hacia los pechos de Sonia, las nalgas de Sonia, la cintura de Sonia, las piernas de Sonia…

Sonia, Sonia, Sonia…

Al llegar a la puerta de la lavandería, Juanjo apoyó su cabeza contra la puerta intentando descubrir algún tipo de sonido (¡a saber qué esperaba escuchar Juanjo! Tal vez un leve y acompasado jadeo, el de Sonia masturbándose acurrucada en una esquina, o quizá los ahogados gritos de Sonia follando con alguno de los encargados de la residencia, o mamándosela, es posible, a algún afortunado estudiante de quinto curso…), pero únicamente percibía los rumores sordos de una de las tres secadoras funcionando; al parecer las lavadoras estaban apagadas.

- ¡¿Pero qué coño estoy haciendo?! - Se dijo, tal vez demasiado alto. - …Ya soy mayorcito como para escuchar detrás de las puertas. - Concluyó, en un tono mucho más cauto.

Así que abrió, aunque con cuidado de no hacer ruido. Sonia estaba en la sala (un habitáculo muy pequeño de apenas cuatro por cuatro metros, de techo muy bajo, con la puerta de acceso y otra entrada reservada al personal de limpieza de la residencia) pareciendo no darse cuenta de la intromisión de Juanjo; quieto; dispuesto a admirarla desde aquella posición el mayor tiempo posible.

Sonia llevaba puestas unas mallas cortas (de medio muslo) y ajustadas que le marcaban el culo como nunca había visto Juanjo en sus veinte años de vida; un culo redondo, perfecto, seguramente duro, pero no demasiado, soportado por dos bellísimas y sensuales piernas; tensas; suaves; ahora apenas semiabiertas…

Y siguió subiendo con la mirada:

Una camiseta corta; blanca; ajustada; con las palabras “YO TE CALIENTO” escritas en la espalda; con la cintura al aire… Será puta… seguro que si la tocaba no se dejaba.

La muy zorra debía estar buscando algo en la parte de atrás de una de las secadoras y estaba a punto de agacharse. Justo antes de hacerlo y quedar de rodillas del frío y duro pavimento, intentando colarse entre dos secadoras para recuperar cualquier cosa, Juanjo se había acercado sin hacer ruido hasta colocarse, también arrodillado, justo detrás de Sonia.

Precisamente aquella era la situación en la que no sabía qué hacer; no tenía ni idea. Es decir… sí lo sabía; vaya si lo sabía; en realidad conocía exactamente cuales eran los convenientes pasos a dar en la desconcertante situación que tenía entre manos. No es que lo hiciera otras veces , pero la escena que se abría ante sus ojos le resultaba muy familiar; demasiado, en realidad. Quién iba a decirle, hacía ya veinte minutos, que si se decidía a secar la ropa en la secadora comunal se encontraría con todo aquello.

::MOLOCHKE DE BRIONDAGAR::

General de las Fuerzas Menores de la Orden de los Señores del Azar

Carta de Molochke de Briondagar, General de las fuerzas menores de la Orden de los Señores del Azar, dirigida a Corem el joven, Portador del Conocimiento Antiguo.
El presente documento fue encontrado en la Biblioteca principal de la primera torre del castillo del Duque Efritt por Donadel de Torés, Capitán segundo de las Fuerzas Mayores de la Orden de los Señores de Azar, y enviado a través de Cafui El-kry, mensajero de rango doce catorce, a Theleck-Ahnahm, General de las Fuerzas Mayores de la Orden de los Señores del Azar, quien a su vez lo envió a través de Fuy Tadfus, mensajero de rango tres trece, a Corem el joven, Portador del Conocimiento Antiguo.

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Si soy sincero conmigo mismo debo admitirlo desde el principio: Una escalofriante y conmovedora visión recorrió mi vaga mente desde el primer instante, golpeando con fuerza y sin descanso mi ya por entonces debilitado entendimiento; un entendimiento que sin duda no estaba (nunca lo estuvo, lo concedo) en absoluto preparado para lo que habría de suceder a continuación.

Miro hacia atrás en estos escalofriantes días pasados y concluyo que tal vez lo peor de todo fue darme cuenta, muy poco a poco y a mayores, de que mi ineptitud ante la crítica situación que viví y en estas líneas leerás me amedrentaría todavía más de lo que mi imaginación sería nunca capaz de admitir. Estoy verdaderamente aterrado… más intentaré narrar para ti mis por seguro últimos días en esta tierra.

El que pensé aparentemente seguro y aceptablemente defendible remoto lugar en el que me encuentro y que profundamente deseaba protegiera mi esencia de cualquier embate, se habrá de convertir en la ruina de mi desesperación, en la tumba de mi pasado y mi futuro, en la pérdida de todos los conocimientos que he reunido a lo largo de mi existencia y que no podré ya compartir. Tal lugar acabó por mutar de horrible modo en el continente más peligroso en el que me podría hallar nunca enfrentado a tal situación. Absolutamente todas mis conclusiones y decisiones surgieron y se comprobaron como erróneas, y únicamente la suerte, el tan a menudo odiado cuando deiforme y venerado azar, puede llegar a salvarme; y lo dudo.

Todo debido a mi prematura anunciación como general de las fuerzas menores de la orden, cuando alguien supuso que ya estaba preparado para cumplir el cometido al que había sido asignado. Cuan equivocado estaba Theleck-Ahnahm confiando en mí.

Deseo en verdad que nunca a nadie le suceda lo que me acaeció y que desde las más altas esferas de la Orden se den cuenta de los enormes peligros que amenazan a los poderosos cuando confiados Señores del Azar…

Espera… La puerta parece ceder… He de reunirme con mis hombres. Espero poder terminar este escrito…

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Viejo amigo… de nuevo estoy contigo; el azar me concede algún tiempo más de vida e intentaré aprovecharlo de la mejor manera posible, continuando la redacción de este documento que ansío llegue algún día hasta tus manos; de hecho… no me perderé entre banalidades y vacuas palabras (o intentaré hacerlo, aunque ya me conoces) e intentaré ser lo más breve posible:

Tras partir lleno de ilusiones y promesas de futuro impregnadas de victorias que realzarían el ya increíble poder de nuestra comunidad; después de viajar durante docenas de jornadas sin descanso para tomar la ciudadela del Duque traidor a nuestra orden; después de reclutar miles de dispuestos soldados que ansiaban la gloria uniéndose a nuestra sabiduría; después de tanto ofrecer.... defraudé a todos aquellos que habían visto en mi a un líder.

En el día 33 de viaje llegamos a las estribaciones del caudaloso río Pogor, fronterizo a las tierras del duque Efritt; los puentes y las vías de acceso se encontraban por completo destruidas, y ordené el comienzo de las obras de reestructuración de las arquitecturas que nos habrían de permitir el paso a la zona del asedio; por aquel entonces únicamente el río nos separaba del oscuro castillo, y en apenas dos días estaríamos en plena cruzada.

¡Por el Titán de la montaña puedo jurar que fue la más gloriosa batalla que mis ojos contemplaron desde el elevado puesto de mando! Sólo los verdaderos campeones podrían desenvolverse de tal modo al verse asediados con unas fuerzas seis veces superadas en número: El Duque Efritt demostró la verdad de las leyendas que sobre su efigie corrían por las aldeas y los pueblos y aún por lo más profundo de los dominios de nuestra orden. No me avergüenza en absoluto afirmar la cruenta realidad de la aproximada pérdida de ocho mil de mis doce mil hombres en el encarnizado combate, y la horrible suerte que corrieron treinta y tres de mis cuarenta magos iniciados. Pobre destino les tenían reservado los dioses, pues bien saben los hados que el final de un defensor de las auras mágicas merecería ser de cualquier otro modo al que estos desgraciados se vieron sometidos.

Aún así, a pesar de las importantes pérdidas humanas soportadas en nuestras filas, logramos por supuesto entrar en el castillo aniquilando violentamente y sin compasión cualquier dispersa resistencia que ya de manera aislada nos encontrábamos en el interior. El ejemplo para otros traidores casi había sido llevado a cabo, restando únicamente conocer el sin duda horrible cuando justo destino que la Orden tenía reservado al Duque.

Efritt fue hecho prisionero y enviado con una escolta de cien de los mejores soldados que todavía conservaba a mi lado hacia la corte superior de la Orden de los Señores del Azar junto con una breve carta dirigida al mismo Supremo Maestro, describiendo con todo detalle las situaciones vividas en el combate y su desarrollo. Todo parecía ya decidido y resuelto a nuestro favor.

Y sin embargo....La aurora precedió en esta ocasión al mayor temor que nuestras mentes podían soportar recoger.

De esto hace ya tres lentas jornadas.

¡Malditas sean las fuerzas oscuras que aprovechan cualquier oportunidad para hacer suyas las almas en pena! Al día siguiente de la gran victoria, los vigías que habíamos apostado en los torreones que todavía permanecían en pie avisaron de inusuales movimientos en el penoso campo de batalla; en los mismos exteriores del castillo; allí donde la mayoría de mis hombres habían perecido valientemente el día anterior.

Advertí tal vez una trampa por parte de algunos supervivientes del denostado ejército de Efritt (no teniendo ello, ahora lo veo, sentido alguno), y ordené al instante y de todos modos el posicionamiento de mis cuatro mil hombres en los lugares más adecuados para una hipotética cuando impensable defensa. Por suerte había tomado buena nota de las capacidades defensivas del lugar y de las tácticas que el –no obstante venerado en el combate- pérfido traidor había utilizado para defender el castillo; aunque, repito, considerara descabellada cualquier violenta irrupción al día siguiente de nuestra victoria.

Cuanto puede equivocarse el hombre.

Tras las órdenes pertinentes enseguida alcancé el puesto de vigilancia más cercano y observé por mi mismo la inhabitual situación. Una intensa neblina como mis ojos nunca antes habían visto cubría la totalidad del campo de batalla.

Inhabitual no es la palabra adecuada para describir lo que mis ojos percibieron a duras penas en aquel momento; necesito una palabra más precisa, más imponente, más oscura, que pueda llegar a describir el pesado despertar de todas las tropas que tanto el duque como yo mismo habíamos perdido en la batalla. Unas fuerzas tenebrosas que mis conocimientos no advirtieron a detectar habían devuelto las almas en pena a sus inarticulados cuerpos.

Llevamos tres largas jornadas resistiendo los continuos embates de las fuerzas que tanto temor provocan entre las filas de mis cada vez menores huestes. No tenemos descanso alguno, y nos vemos abrumadoramente superados en número; no descansan, no perecen, no aparentan sentir dolor alguno, y el único modo de retrasarlos, que nunca de detenerlos, es intentar inmovilizar a la mayor cantidad de ellos posible. Mis iniciados magos se admiten vencidos por una situación que nunca han aprendido a controlar. Pobres necios aquellos que, como yo, aceptaron sin saberlo un azaroso destino que finalmente causaría su destrucción.

Con una cada vez una más baja moral entre mis filas únicamente pude, vez a vez, dar la orden de retrasar el posicionamiento de las tropas hasta el segundo muro de protección interno que tantos problemas me había dado conquistar días antes; supuse que tal vez allí tendríamos la oportunidad de resistir al menos dos o tres jornadas a mayores; pero no fue así.

Este es el instante en que he decidido comenzar a apuntarte mi desventura: Cuento, ahora que te escribo, con un número de soldados cercano a la centena. Estamos sitiados en la enorme torre norte, en la cúpula superior, y el resto del castillo está ya tomado. El día de hoy ha sido el de más calma desde hace tiempo... apenas puedo recordar desde hace cuanto; al menos un tercio de mis hombres están aquejados de una extraña enfermedad que a cada hora que pasa parece inutilizarlos más; y mis magos nada pueden hacer con sus cualidades curativas. Estoy convencido de que nada puede ya salvarnos de esta situación, pero no puedo dejar que mis hombres adviertan sombra alguna en mi ánimo. Los arengo de continuo, los animo a resistir convenciéndolos de que con toda seguridad y ante la extrañeza de la falta de mensajeros (que deberíamos haber enviado ya hace tiempo hacia la corte del Supremo), vendrán hasta nosotros con fuerzas suficientes suponiéndonos en peligro.

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He enviado tres soldados hacia los aposentos más elevados del interior de la cúpula del torreón; los magos han cercado mágicamente la zona en la que estamos, pero estas criaturas parecen ser inmunes a la mayoría de los hechizos que mis pobres iniciados se ven capacitados parta lanzar.

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Los tres soldados han encontrado una extraña puerta en la zona más alta de los aposentos y he decidido que nos desplazaremos en breve hacia esa zona dejando atrás a los heridos; nada podemos hacer por ellos ya, pues la mayoría parecen haber muerto y el resto se ven por completo incapacitados para desplazarse. Algunos se han visto invadidos por una inusual locura atacando a varios de los nuestros y no podemos arriesgarnos con los demás; una vez arriba veremos hacia donde nos conduce la insólita puerta que mis soldados me han descrito. Siento no poder escribir de una sola vez el documento que te lego… pero apenas tengo descanso alguno que me permita cambiar la espada por la pluma...

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La entrada a la biblioteca en la que nos encontramos ahora estaba defendida por un conjuro dispuesto en la misma puerta por la cual se accedía, aunque por fortuna, la magia con la que contamos ha podido neutralizar el bloqueo. Esta sala es lo suficientemente grande para dar cabida a los aproximadamente treinta que somos y la puerta pasaderamente recia como para soportar algunos embates. Gracias a unas pequeñas aberturas en la zona más elevada de la pared de la galería superior hemos podido ver cómo han entrado ya en el habitáculo que antes ocupábamos y cómo tenemos ahora por enemigos a los que hasta hace poco eran los heridos que habíamos dejado atrás; aunque habría vendido mi perenne alma por no verlo. Allí veo a Rasbedor, uno de mis mejores capitanes, cuyo pútrido cuerpo apenas me permite reconocerlo; hacía dos jornadas que no le había visto y le daba por muerto… mas… no acierto a definir realmente su actual estado.

La única salida de la biblioteca es una gran ventana en la que reside una de las vidrieras más maravillosas que he visto nunca, y los libros que aquí encuentro son realmente interesantes. He ordenado a mis hombres que, tras una breve plegaria, se olviden de lo que está sucediendo de puertas afuera de esta sala; nos dedicaremos a admirar la agradable arquitectura de este espacio, completamente distinta a la del resto del castillo, y también a ojear los documentos que están a nuestro alcance. Intentaremos, del mismo modo, festejar y terminar las escasas raciones que todavía guardamos con nosotros para disfrutar del, con seguridad, poco tiempo que nos queda. Algunos lloran… y no puedo reprochárselo pues estoy viviendo el mismo terror que ellos.

¡Oh, viejo amigo! ¡Cuánto pienso en ti en estos instantes! Sin duda si estuvieras a nuestro lado las tornas cambiarían; hallarías la solución adecuada para que los que todavía nos mantenemos en pie pudiésemos resguardar nuestras infortunadas vidas. Y si así no fuera… si ni siquiera tu pudieses lograrlo… más agradable vería la brutal muerte a tu lado.

Querría compartir la noticia de mi gran victoria contigo cuanto antes… ¡Aunque seguramente tendremos que dejarlo para otro momento!

No se si es locura o la imposibilidad de deshacerme de este maldito humor que tan bien conoces lo que provoca tales verbos.

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Ha pasado un día y la puerta comienza a ceder. Escucha, gran amigo: sin duda recibirás noticias de lo que ha sucedido en el castillo del Duque Efritt, y de quien era el que dirigía las tropas menores de la Orden de la que eres uno de los mayores integrantes; Conocerás el destino que he vivido y sólo te pido que averigües qué sucedió en este lugar para que nunca más vuelva a ocurrir. Dejaré estos escritos escondidos en esta biblioteca, y marcaré señales en las paredes que espero sólo tú reconocerás; ya las habrás encontrado, pues ellas te han llevado al lugar que he elegido para dejar este documento. Ahora te dejo, pues las puertas están a punto de ceder, y nos disponemos a formar la última defensa. Será curioso; remataré mis días utilizando la defensa que ambos habíamos desarrollado cuando jóvenes en la abadía de Thementhor. ¿Lo recuerdas? Seguro que así es, y podrás entonces imaginar la escena con todo lujo de detalles. Ellos atacan sin táctica alguna, amparados en su inconmensurable número, lo cual me permitirá retirarme de la Orden con un pequeño detalle digno del gran Alexandrós ¿Era así el nombre de aquel magnífico estratega? Recuerdo haber leído su nombre y algo de su historia en algunos escritos que habías encontrado hace tiempo, pero no estoy seguro de que lo haya escrito correctamente. En fin, amigo mío, has de saber ahora que no soy el único que mantiene la frialdad en estos instantes, sólo en apariencia de todas formas, pues en nuestro interior sentimos el mayor de los pesares.

Se disponen a entrar. Iré a primera línea; combatiré de nuevo como estos días al lado de mis hombres y gritando tu nombre en el fragor del combate hallaré las fuerzas necesarias para no desfallecer antes de tiempo.

Adiós, amigo mío.

Que el azar te ampare eternamente en su bondad.


Molochke